Clínica dental “Los Tres Hermanos”

dentista muela

Era el gran día de la boda de María. Todos estábamos seguros que sería la primera de la facultad en casarse, pero se tardó más que la mayoría. Yo misma estaba impresionada de encontrarme ahí, subida en un par de tacones y acompañada de mi esposo. La familia de María es multimillonaria. Cómo olvidar las grandiosas fiestas que ofrecía en el jardín de su mansión cada fin de año. Aun así, decidieron casarse en un pueblo bicicletero. Al parecer el novio es oriundo de esa zona. La decoración del banquete gritaba elegancia y María, aunque un poco regordeta, lucía radiante. Afuera, las calles polvosas, el ajetreo del mercado sabatino y los niños mocosos acompañaban el rebuzno de un burro cansado.

Yo estaba nerviosa. Las reuniones con los exalumnos de la universidad siempre me producen terror. Me tardé meses en escoger mi vestido y en preparar el guión del teatro que se avecinaba en donde todos los invitados seríamos actores. No quería verme gorda, fea o fracasada. No quería que notaran que a veces me siento cansada de mi cotidianidad. Tengo un trabajo bien pagado, un marido, una casa heredada, comidas familiares los domingos y ya. No hay nada malo en mi vida, pero tampoco algo extraordinario. Estoy lejos de la existencia gloriosa que algún día imaginé.  Quejarme sería un sacrilegio. Sin embargo, me siento avergonzada de no tener cosas que presumir ante mis antiguos compañeros de clases, fiestas y sueños. El presente me da más nostalgia que aquellos buenos tiempos. Es el sabor melancólico inmerso en cada maldito respiro. Cómo soportar el vacío que deja la vida cuando sucede.

Nos sentamos en una mesa con desconocidos y un enorme arreglo floral al centro. Al parecer, estabamos con los primos del novio.  La verdad es que el vestido me mataba lentamente. Estaba apretada. Me había puesto una faja para ocultar mi barriga indiscreta. Mi marido, Jorge,  siempre ha sido un tipo callado por no decir aburrido, pero aquel día había decidido jugar al mudo. La espera de los recién casados pasó entre sonrisas forzadas, silencios incómodos y Jorge tomando bastante rápido. Después de la ovación inicial, los meseros hicieron un cómico baile en la pista para anunciar el inicio del festín. Sirvieron, como primer plato, una entrada de cangrejo. Me desesperé al no poder sacar la carne con el cubierto indicado y, cuidando que nadie me viera, me metí una pata completa a la boca para tratar de triturarla con los dientes. Al primer intento, escuché algo quebrarse y no fue precisamente el crustáceo; fue mi muela derecha. Escupí ante la mirada confundida de mi marido y entre los dos buscamos en el bolo alimenticio el pedazo de diente. Jorge lo tomó entre sus dedos. Había perdido la mitad de mi muela y el dolor era intenso.

Te voy a llevar a una clínica dental aquí cerca, dijo un primo lejano, seguro te dejan lista en media hora y puedes regresar a disfrutar la fiesta. Yo estaba dudosa. Prefería aguantar un rato y luego irnos a casa temprano. Al día siguiente podría ir con mi dentista de confianza. Toda la mesa insistió y Jorge me dijo que tenía ganas de bailar. Mi marido y yo nunca bailabamos porque a él no le gusta, así que esa promesa terminó por convencerme. Te la regreso en cuarenta minutos, dijo el pariente del novio. Jorge trató de acompañarnos, pero yo insistí en que se quedara. Nos subimos en una camioneta con la parte trasera descubierta y las llantas altas.

Eran las tres de la tarde y el mercado estaba en su apogeo. Avanzamos entre el bullicio de los marchantes hasta llegar a una puerta de madera detrás de los puestos de ropa y zapatos. Yo tenía que caminar con la mano en el cachete porque el dolor se hacía cada vez más insoportable. Así es el dolor de muelas: constante, agudo e imposible de sobar. Igualito al mal de amores. En la parte superior había un letrero oxidado: Clínica Dental “Los Tres Hermanos”. Ya llegamos, dijo mi guía mientras tocaba la puerta, ya verás que mis tíos te van  a dejar como nueva. Nos abrió un anciano. Yo le calculé unos 70 años. Por eso me asusté cuando dijo que esperáramos mientras le hablaba a su hermano mayor, él era el que sabía de muelas.

El primo del novio se regresó a la fiesta sin antes decirme que no me preocupara porque estaba en buenas manos. Me quedé sola en medio del mercado de un pueblo mugriento, esperando a un doctor que podría ser mi bisabuelo. El punzón en mi muela se tornaba cada vez más agresivo y esa clínica era mi única opción. Así que me dispuse a ser paciente y esperar. Abrió otro viejo y me indicó que me sentara en una silla reclinable. Aquel cuarto estaba muy lejos de ser un consultorio. Solamente había un tambo con agua turbia, una silla que escupía el hule espuma y un pulmón de metal con instrumentos dentales. Así que se rompió la muela, déjeme ver cómo está el asunto. Abrí la boca y tuve que aspirar el aliento agrio de aquel desconocido. Su diagnóstico fue certero: tiene un hoyo en la muela. La vamos a preparar para que cuando mi hermano venga arregle este asunto.

Llegó el otro viejo, el primero, y con suavidad me quitó los zapatos. Me sujetó los tobillos con dos cinturones de cuero. Cuando me resistí, me miró con fuerza y me dijo: es el procedimiento. Hizo lo mismo con mis muñecas. El dolor me estaba distrayendo. Lo único que yo quería era que me quitaran el sufrimiento. Después, entre los dos, lavaron con el agua percudida los instrumentos. Es importante mantener la higiene. Yo no podía estar más de acuerdo con esa aseveración. Luego me separaron los labios y me colocaron un armatroste para matener la boca abierta. El metal es el material más agresivo. Me estaba lastimando la piel de las mejillas. En esa posición tuve que esperar unos minutos. La eternidad se mide en instantes de tortura.

Por fin llegó el hermano mayor. Usaba unos lentes de fondo de botella y la mano le temblaba. Vamos a ver, dijo mientras metía el puño entero en mi boca. Los otros dos lo observaban trabajar tomados de la mano, temblando y riéndose emocionados.  Primero hay que limar un poco, luego limpiar muy bien para deshacernos de las posibles bacterias, quitar lo que molesta y listo. El dentista tomó el taladro dental y comenzó a lijar la muela izquierda como si estuviera talando un arbol con una sierra eléctrica super potente. Creo que olvidó la anestecia. El sonido de este aparato siempre me irrita, pero este chillaba más agudo. Yo traté de decirle que estaba equivocado, que la muela mala era la otra, pero el armatroste no me premitía hablar. Entonces, empecé a balbucear. Entiendo, puede resultar un poco doloroso. No se preocupe, le voy a poner anestecia. Con una seña, le ordenó a su hermano que le trajera la inyección correcta. Le voy a poner triple dosis para que no sienta nada, yo pueda trabajar tranquilo y usted deje de gritar. Tan solo el grosor de la aguja me produjo escalofríos. Todo estaba sucediendo demasiado rápido. Cerré los ojos y enterré las uñas en la silla mientras sentía como un aguijón de avispa mutante se inmiscuía en mi encía. El dentista siguió triturando la muela equivocada. Yo, por lo menos, ya no sentía nada. Se me había dormido casi toda la cara desde la nariz hasta la garganta. Sin embargo, no podía permitir que me destrozara la muela sana.

Me concentré para preparar un grito desde lo más profundo de mi ser. Respiré hondo por la nariz y ningún sonido salió de mi garganta. Noté también que no me podía mover. El mismo hormigueo de mi cara estaba esparcido por todo mi cuerpo. ¿Qué clase de anestecia era esa? Veía tres figuras borrosas utilizando aparatos cada vez más grandes y metiendo sus manos en mi boca. El punto más agudo de la desesperación es la impotencia. Lo último que recuerdo es ver cómo sus anteojos del siglo pasado se manchaban de sangre. Mi sangre en su piel llena de lunares y arrugas. Mi sangre en sus supuestas batas de doctores. Mi sangre en el mugroso suelo de tierra.

Cuando volví de aquel ensueño ácido y terrorífico, estaba en medio de la pista de baile de la boda de María. Bailaba un  frenético rock ‘n’ roll con mi marido. Sus brazos me jalaban de un lado al otro haciendome girar de vez en cuando. Reía. El resto de los invitados hacían un círculo a nuestro alrededor aplaudiendo nuestros pasos de baile. Yo parecía estar bastante drogada; en una perfecta combinación de varias gotas de ritalin y whiskey. Me sentía muy bien. Incluso miré a Jorge con amor y él me respondió con el mismo gesto. Después de todo, talvez mi vida no estaba tan vacía. ¿Quién necesita una existencia extraordinaria cuando hay música y amor?

Al terminar la canción de nuestra propia gloria fuimos a la mesa a tomar una cerveza para refrescarnos. ¿Segura te sientes bien?, me preguntó Jorge mientras me limpiaba la sangre que escurría de mis encías. ¿A qué te refieres?, contesté. Entonces tomé el espejo de mi bolso. Se me escapó un grito de horror. Toda mi cara estaba rajada y con moretones de colores que iban del amarillo al negro. Abrí mi boca y no tenía un solo diente. Me habían sacado todos y tenía hilos colgando del paladar. En ese instante aprendí a reirme de mí misma. Por lo menos no me duele, pensé. Empezó nuestra canción favorita. Esa que bailabamos intoxicados a las tres de la mañana cuando eramos novios y estabamos en la universidad. Por instinto, corrimos a la pista a bailar. Bailar hasta morir. Hasta dejar de entender.

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