Clínica dental “Los Tres Hermanos”

dentista muela

Era el gran día de la boda de María. Todos estábamos seguros que sería la primera de la facultad en casarse, pero se tardó más que la mayoría. Yo misma estaba impresionada de encontrarme ahí, subida en un par de tacones y acompañada de mi esposo. La familia de María es multimillonaria. Cómo olvidar las grandiosas fiestas que ofrecía en el jardín de su mansión cada fin de año. Aun así, decidieron casarse en un pueblo bicicletero. Al parecer el novio es oriundo de esa zona. La decoración del banquete gritaba elegancia y María, aunque un poco regordeta, lucía radiante. Afuera, las calles polvosas, el ajetreo del mercado sabatino y los niños mocosos acompañaban el rebuzno de un burro cansado.

Yo estaba nerviosa. Las reuniones con los exalumnos de la universidad siempre me producen terror. Me tardé meses en escoger mi vestido y en preparar el guión del teatro que se avecinaba en donde todos los invitados seríamos actores. No quería verme gorda, fea o fracasada. No quería que notaran que a veces me siento cansada de mi cotidianidad. Tengo un trabajo bien pagado, un marido, una casa heredada, comidas familiares los domingos y ya. No hay nada malo en mi vida, pero tampoco algo extraordinario. Estoy lejos de la existencia gloriosa que algún día imaginé.  Quejarme sería un sacrilegio. Sin embargo, me siento avergonzada de no tener cosas que presumir ante mis antiguos compañeros de clases, fiestas y sueños. El presente me da más nostalgia que aquellos buenos tiempos. Es el sabor melancólico inmerso en cada maldito respiro. Cómo soportar el vacío que deja la vida cuando sucede.

Nos sentamos en una mesa con desconocidos y un enorme arreglo floral al centro. Al parecer, estabamos con los primos del novio.  La verdad es que el vestido me mataba lentamente. Estaba apretada. Me había puesto una faja para ocultar mi barriga indiscreta. Mi marido, Jorge,  siempre ha sido un tipo callado por no decir aburrido, pero aquel día había decidido jugar al mudo. La espera de los recién casados pasó entre sonrisas forzadas, silencios incómodos y Jorge tomando bastante rápido. Después de la ovación inicial, los meseros hicieron un cómico baile en la pista para anunciar el inicio del festín. Sirvieron, como primer plato, una entrada de cangrejo. Me desesperé al no poder sacar la carne con el cubierto indicado y, cuidando que nadie me viera, me metí una pata completa a la boca para tratar de triturarla con los dientes. Al primer intento, escuché algo quebrarse y no fue precisamente el crustáceo; fue mi muela derecha. Escupí ante la mirada confundida de mi marido y entre los dos buscamos en el bolo alimenticio el pedazo de diente. Jorge lo tomó entre sus dedos. Había perdido la mitad de mi muela y el dolor era intenso.

Te voy a llevar a una clínica dental aquí cerca, dijo un primo lejano, seguro te dejan lista en media hora y puedes regresar a disfrutar la fiesta. Yo estaba dudosa. Prefería aguantar un rato y luego irnos a casa temprano. Al día siguiente podría ir con mi dentista de confianza. Toda la mesa insistió y Jorge me dijo que tenía ganas de bailar. Mi marido y yo nunca bailabamos porque a él no le gusta, así que esa promesa terminó por convencerme. Te la regreso en cuarenta minutos, dijo el pariente del novio. Jorge trató de acompañarnos, pero yo insistí en que se quedara. Nos subimos en una camioneta con la parte trasera descubierta y las llantas altas.

Eran las tres de la tarde y el mercado estaba en su apogeo. Avanzamos entre el bullicio de los marchantes hasta llegar a una puerta de madera detrás de los puestos de ropa y zapatos. Yo tenía que caminar con la mano en el cachete porque el dolor se hacía cada vez más insoportable. Así es el dolor de muelas: constante, agudo e imposible de sobar. Igualito al mal de amores. En la parte superior había un letrero oxidado: Clínica Dental “Los Tres Hermanos”. Ya llegamos, dijo mi guía mientras tocaba la puerta, ya verás que mis tíos te van  a dejar como nueva. Nos abrió un anciano. Yo le calculé unos 70 años. Por eso me asusté cuando dijo que esperáramos mientras le hablaba a su hermano mayor, él era el que sabía de muelas.

El primo del novio se regresó a la fiesta sin antes decirme que no me preocupara porque estaba en buenas manos. Me quedé sola en medio del mercado de un pueblo mugriento, esperando a un doctor que podría ser mi bisabuelo. El punzón en mi muela se tornaba cada vez más agresivo y esa clínica era mi única opción. Así que me dispuse a ser paciente y esperar. Abrió otro viejo y me indicó que me sentara en una silla reclinable. Aquel cuarto estaba muy lejos de ser un consultorio. Solamente había un tambo con agua turbia, una silla que escupía el hule espuma y un pulmón de metal con instrumentos dentales. Así que se rompió la muela, déjeme ver cómo está el asunto. Abrí la boca y tuve que aspirar el aliento agrio de aquel desconocido. Su diagnóstico fue certero: tiene un hoyo en la muela. La vamos a preparar para que cuando mi hermano venga arregle este asunto.

Llegó el otro viejo, el primero, y con suavidad me quitó los zapatos. Me sujetó los tobillos con dos cinturones de cuero. Cuando me resistí, me miró con fuerza y me dijo: es el procedimiento. Hizo lo mismo con mis muñecas. El dolor me estaba distrayendo. Lo único que yo quería era que me quitaran el sufrimiento. Después, entre los dos, lavaron con el agua percudida los instrumentos. Es importante mantener la higiene. Yo no podía estar más de acuerdo con esa aseveración. Luego me separaron los labios y me colocaron un armatroste para matener la boca abierta. El metal es el material más agresivo. Me estaba lastimando la piel de las mejillas. En esa posición tuve que esperar unos minutos. La eternidad se mide en instantes de tortura.

Por fin llegó el hermano mayor. Usaba unos lentes de fondo de botella y la mano le temblaba. Vamos a ver, dijo mientras metía el puño entero en mi boca. Los otros dos lo observaban trabajar tomados de la mano, temblando y riéndose emocionados.  Primero hay que limar un poco, luego limpiar muy bien para deshacernos de las posibles bacterias, quitar lo que molesta y listo. El dentista tomó el taladro dental y comenzó a lijar la muela izquierda como si estuviera talando un arbol con una sierra eléctrica super potente. Creo que olvidó la anestecia. El sonido de este aparato siempre me irrita, pero este chillaba más agudo. Yo traté de decirle que estaba equivocado, que la muela mala era la otra, pero el armatroste no me premitía hablar. Entonces, empecé a balbucear. Entiendo, puede resultar un poco doloroso. No se preocupe, le voy a poner anestecia. Con una seña, le ordenó a su hermano que le trajera la inyección correcta. Le voy a poner triple dosis para que no sienta nada, yo pueda trabajar tranquilo y usted deje de gritar. Tan solo el grosor de la aguja me produjo escalofríos. Todo estaba sucediendo demasiado rápido. Cerré los ojos y enterré las uñas en la silla mientras sentía como un aguijón de avispa mutante se inmiscuía en mi encía. El dentista siguió triturando la muela equivocada. Yo, por lo menos, ya no sentía nada. Se me había dormido casi toda la cara desde la nariz hasta la garganta. Sin embargo, no podía permitir que me destrozara la muela sana.

Me concentré para preparar un grito desde lo más profundo de mi ser. Respiré hondo por la nariz y ningún sonido salió de mi garganta. Noté también que no me podía mover. El mismo hormigueo de mi cara estaba esparcido por todo mi cuerpo. ¿Qué clase de anestecia era esa? Veía tres figuras borrosas utilizando aparatos cada vez más grandes y metiendo sus manos en mi boca. El punto más agudo de la desesperación es la impotencia. Lo último que recuerdo es ver cómo sus anteojos del siglo pasado se manchaban de sangre. Mi sangre en su piel llena de lunares y arrugas. Mi sangre en sus supuestas batas de doctores. Mi sangre en el mugroso suelo de tierra.

Cuando volví de aquel ensueño ácido y terrorífico, estaba en medio de la pista de baile de la boda de María. Bailaba un  frenético rock ‘n’ roll con mi marido. Sus brazos me jalaban de un lado al otro haciendome girar de vez en cuando. Reía. El resto de los invitados hacían un círculo a nuestro alrededor aplaudiendo nuestros pasos de baile. Yo parecía estar bastante drogada; en una perfecta combinación de varias gotas de ritalin y whiskey. Me sentía muy bien. Incluso miré a Jorge con amor y él me respondió con el mismo gesto. Después de todo, talvez mi vida no estaba tan vacía. ¿Quién necesita una existencia extraordinaria cuando hay música y amor?

Al terminar la canción de nuestra propia gloria fuimos a la mesa a tomar una cerveza para refrescarnos. ¿Segura te sientes bien?, me preguntó Jorge mientras me limpiaba la sangre que escurría de mis encías. ¿A qué te refieres?, contesté. Entonces tomé el espejo de mi bolso. Se me escapó un grito de horror. Toda mi cara estaba rajada y con moretones de colores que iban del amarillo al negro. Abrí mi boca y no tenía un solo diente. Me habían sacado todos y tenía hilos colgando del paladar. En ese instante aprendí a reirme de mí misma. Por lo menos no me duele, pensé. Empezó nuestra canción favorita. Esa que bailabamos intoxicados a las tres de la mañana cuando eramos novios y estabamos en la universidad. Por instinto, corrimos a la pista a bailar. Bailar hasta morir. Hasta dejar de entender.

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Muertos de algo

Esta casa pronto olerá a muerto. Parece que fue ayer cuando vibraba con el sonido de los hielos cayendo en las copas de los invitados. Muchas risas, mucha música y demasiada hipocresía. Eran los fabulosos años cincuenta en una Ciudad de México que se revitalizaba con cada punzada del desarrollo estabilizador. Era cuando grandes arquitectos construían majestuosas mansiones sobre un terreno de roca volcánica al sur de la ciudad. Era cuando algunos saborearon el éxito y se regocijaron en la trampa de sentirse magníficos, casi invencibles.

Hoy la tarde ilumina agresivamente el cuerpo hinchado  de Alejandro Cisneros. No puede evitar mirar el jardín y sentir lágrimas imposibles. En un segundo, toda la vida pasa por su mente. Recuerda el día en que él y su joven esposa visitaron el terreno por primera vez. Su empresa constructora iba muy bien. Pudo comprar el lote y dejar que su amigo, que aún no ganaba el Premio Pritzker,  construyera una casa llena de madera, color rosa intenso y talavera.

Se mudaron a la casa del Pedregal un mes de abril. Los Cisneros abrieron decenas de cajas de champaña. Hicieron una gran fiesta en el jardín a la cual asistieron todos sus amigos cercanos: emprendedores aún inocentes que pocos años después se convertirían en la clase alta y refinada de una sociedad cada vez más desigual. Señoras con peinados altísimos que día a día se esforzaban  por ser el ama de casa perfecta, discutían entre tragos tropicales la mejor forma de  mantener  el control de un séquito de sirvientes uniformados. También estaba ella: violenta, experta, terrible, adorable y perversa.

Alejandro la seguía con la mirada desde la primera vez, cuando ella todavía usaba calcetas. Le gustaba observarla desde lejos porque se imaginaba las cosas que le haría más tarde o al día siguiente. Sabía que esa mujer se derretía entre sus brazos. Era toda suya justo en el momento en que cerraba los ojos, dejaba de respirar y sus entrañas temblaban. Mientras, disfrutaba la espera. Antes de ella no conocía la delicia en la paciencia. Pronto se verían donde siempre.  A Dolores no le importaba la suciedad de aquel hotel en el centro donde sólo iban las prostitutas. Esa noche de fiesta, tocó la Orquesta de Ingeniería.

Después vinieron los hijos y más dinero. Muchas veces los miró dormir mientras se prometía darles la mejor vida. Nunca les faltaría nada. Con una casa esplendorosa, unos niños bien vestidos, uno que otro coche último modelo, una esposa católica, un trabajo bien remunerado y unos amigos divertidos, Don Alejandro era el sabor exacto del éxito. Eso pensaban los demás.  Los jueves eran de póker, los viernes iba al cabaret de moda, los sábados jugaba golf y los domingos ofrecía una gran comida para familiares y amigos. Un cocktail, una fiesta en la alberca y unas vacaciones en Acapulco rellenaban su existencia de pequeños bloques considerados la expresión más cercana a la felicidad. Un enfermero interrumpe su visión.

-Don Alejandro, lo voy a cargar para llevarlo a la sala. Tiene visitas.

El hombre fuerte vestido de blanco toma al viejo entre sus brazos y lo deposita en un sillón de terciopelo.  Alejandro se deja transportar con resignación. De sus ojos escapa un grito de dolor. No le gusta el movimiento. Quiere quedarse sentado y dormir. Cerrar los ojos y dormir profundamente.

Entran en la habitación su esposa, su hijo y sus dos nietas. Tienen que desviar la vista de todas las agujas y sondas incrustadas en la piel del enfermo para no realizar alguna mueca incorrecta que delate su asco. Todos sentían impotencia y frío. Lástima. Le habían hecho una traqueotomía para retirar las secreciones purulentas de los pulmones, facilitarle la respiración y ayudarle a hablar. En una incisión en el cuello, debajo de la manzana de Adán, colocaron una cánula. Cada vez que quería pronunciar una palabra debía colocar el dedo en  aquel orificio artificial. El aire no pasaba libremente por las cuerdas vocales, por lo tanto realizaba un esfuerzo brutal para poder emitir un sonido bajo y rasposo, acompañado de una asfixia y un viento tenebroso. pfff pfff El soplo escapaba de un tubo de plástico ensangrentado con cada conato de palabra. pfff pfff

-pfff pfff. ¿Qué hacen todos aquí? pfff pfff Es sábado. Si no trabajan en sábado son unos inútiles. Están perdidos en la vida. pfff pff Igual que los negros y las mujeres, ustedes no saben a trabajar.

-Vinimos a verte. ¿Cómo te sientes, abuelo?-  exclama tímidamente su nieta Penélope.

Don Alejandro levanta la vista para mirarla. Penélope está despeinada y por debajo de su falda de colegiala se asoman unas rodillas llenas de moretones. Salvaje y testaruda, piensa el viejo, como Dolores. Ahora, en medio de la decrepitud, los huesos podridos, la agrura de las medicinas y la cánula violando su garganta, no tiene ganas de ofrecer ternura. A veces piensa que ha estado muerto desde hace mucho. Desde que olvidó el sabor de la saliva de esa mujer. La que se aferraba a su cinturón como si fuera el último suspiro de vida antes de descender en espiral hacía el vacío.

Sólo le da miedo la oscuridad. Las sombras revolotean alrededor de su cama igual que el día en que se encerró en su despacho y acarició su lengua con una pistola. Su empresa quebró durante la crisis. Jamás se pudo recuperar. Su hijo los mantenía y era más de lo que podía soportar.  Lo único que quedaba de aquella época de opulencia era la casa con pisos de madera, paredes rosas, baños de talavera, tres salas inmensas, el comedor casi siempre vacío y una hiedra devorando los recuerdos engranados en las paredes de roca volcánica. Ahora ya nada importa. Solamente el recuerdo de los muslos de aquella mujer. No se reprocha las cosas que hizo, sino lo que dejó pendiente. Debió haber jalado el gatillo.

Su mente vuelve a la fiesta que inauguraba la nueva casa hace casi cincuenta años. Esa fue la última vez. Dolores era la mujer de su mejor amigo. Mientras todas pasaban horas en el salón de belleza, usaban vestidos ceñidos a la cintura y sostenes llenos de alambres que exageraban la forma de los senos, el caminar de Dolores  salpicaba agua simple  y turbulenta. Aún así, se quitaba las medias como un suave lengüetazo, como los ojos entrecerrados de un gato.

Todos hablaban y bailaban. En el cuarto de herramientas atrás del jardín, dos vasos se rompieron en pedazos después de un fuerte impacto contra el suelo. Ahí dentro, pudo haber nacido el principio del caos.  Alejandro y Dolores se encontraron en esa oscuridad con el alma húmeda. Nos van a ver, murmuraba, pero a los tentáculos inquietos que la mallugaban no parecía importarles. Alejandro reía. Extrañamente cuando estaba cerca de ella siempre lo hacía. Tenía constantemente la sensación del ahora o nunca. Siempre escogía el ahora. Dolores quiso resistir, pero cuando sus propias manos se encontraron con aquel cinturón de piel exótica, cerró los ojos y despertó. Alejandro desgarró la ropa interior. Le mordió el hombro. Esta vez, no le importó dejar marcas. Querían llegar tan profundo como les fuera posible porque lo sabían: era la última vez. Gritaron para ser descubiertos, pero no sucedió.

Su nieta pregunta algo, debe responder.

-pfff pfff ¿Qué no me ves? pfff pfff ¿Para qué preguntas? Todos ustedes  son pfff pfff unos muertos de hambre.

Oaxaca is a very pretty city

ImageCuando iba en la primaria, las maestras me obligaron a hacer una ridícula presentación. Cada alumno se tenía que vestir con el traje típico de alguna región del mundo, tomarse de la mano y cantar. Yo representaba al estado de Oaxaca. Como siempre me sacaba muy buenas calificaciones (asco), tuve el honor de dar un pequeño discurso en inglés ante el público asistente. Recuerdo que lo ensayé una y otra vez. Mi madre lavaba los trastes de la comida. Escuchaba el agua y el choque de un vaso contra el otro. Era una tarde luminosa en mi casa de la infancia. Esa casa en el sur de la ciudad que en el jardín tenía un colorín. Practicaba mientras frotaba las semillas en el piso y me quemaba suavecito el dorso de la mano. Más de veinte años han pasado y aún recuerdo las palabras exactas y el delicioso ardor en mi piel. Oaxaca is a very pretty city. Some of its typical dishes are mole and quesillo. If you go there, don´t forget to visit Monte Alban, Mitla and Santo Domingo.

Ayer por la tarde llegué a la ciudad de Oaxaca. No precisamente a atender las recomendaciones tan divertidas de aquel discurso, sino a una reunión de trabajo. Nunca me ha gustado estar sin compañía en un cuarto de hotel. Como no soy de esas que ve la tele, de repente me encuentro acostada en la cama mirando el techo pensando en nada. La mente se me llena de agua cuando me encierro a solas en una habitación que no es la mía. Mejor voy por algo de comer.

 Me subí en un taxi y pedí que me llevara al centro. Caminé hasta el zócalo y ahí, sentada en las escaleras del kiosko, la vi. Por supuesto, la encontré fumando. Traía esos lentes grandes que utilizaba en los ochenta, una blusa bordada y sus espantosos huaraches de llanta. No puede ser, pensé, mi madre murió hace casi tres años. Mi primera reacción fue acercarme. Quería mallugar su brazo para ver si era real.  Era increíble lo que mis ojos captaban. Me senté en la banca de enfrente. Definitivamente era ella. Quería tirarme a sus brazos y sólo conseguí seguirla mirando. Ella apagó su cigarro y empezó a caminar. Yo la seguí sin atreverme a hablarle. ¿Qué le iba a decir?

Se veía más joven que el día de su muerte, pero no cabía duda que era ella. Caminaba con el mismo paso sincero. La seguí por las calles de colores, pisando las piedras y haciendo vibrar los barrotes de hierro en las ventanas. Mi corazón palpitaba. Estaba tan contenta de verla. No entendía nada, pero en ese momento tan dulce era lo que menos importaba. Llegamos al andador de Alcalá. La noche alcanzó los vestidos rojos de las indígenas que venden artesanías. Mi mamá les sonreía. Se probó un listón para el pelo y lo compró.

Justo al llegar a la iglesia de Santo Domingo, apresuré el paso y con una mano temblorosa le toqué el hombro izquierdo. Ahí donde siempre me dijo que habitaban sus ángeles. Mamá, le dije. Ella volteó confundida, como si nunca en la vida me hubiera visto. Soy yo, insistí. La verdad esperaba un fuerte abrazo de rencuentro. No cualquier día descubres que los muertos están vivos, pero habitan en otra ciudad.  Creí que nunca volvería a verte. Creí que estabas muerta. Yo misma vi su cuerpo inerte antes de que lo quemaran y convirtieran en ceniza. Yo estaba ahí cuando su corazón dejó de latir. Pude sentir como se puso fría y se endureció, poco a poco, al ritmo  de la desolación. ¿Qué significa un segundo justo después de morir?

La mujer se tardó mucho en responder. Yo no tengo hijos y ni siquiera te conozco. ¿Te sientes bien? ¿Quieres que te lleve al hospital? Mi mamá me estaba mintiendo. Claro que era ella. Incluso olía a tabaco y a yerbabuena. No entendía a qué estaba jugando. Tal vez estaba en problemas, había fingido su muerte  y ahora actuaba para protegerme. También estaba la posibilidad de algún tipo de amnesia. Sin embargo,  sus ojos color uva gritaban desconcierto.  La mujer no me reconocía.  Disculpe, señora, no quisiera importunarla, pero es que estoy segura que usted es mi madre. Me alegra que esté viva y me da mucho gusto encontrarla en la calle.

Yo estaba consciente de lo absurdo que sonaban mis palabras. Decía puras incoherencias. Ella, mi madre que aseguraba no serlo, no le habló a la policía ni se alejó corriendo. En vez, me invitó a tomar un mezcal. Mi mamá no tomaba, le dije. Que no soy tu madre, niña loca. ¿Vienes o no? No tenía opción. Fui.

Nos sentamos en una pequeña mesita con una vela en el centro, una frente a la otra. No podía creer que la tuviera tan cerca. Nos mirábamos. Podía escuchar su respiración. Era ella. Movía las manos de la misma manera. Pidió dos de la casa y los saboreamos con naranja. Has cambiado, pensé, hasta comes polvo de gusano. Pero tu voz se escucha igual de dulce. Nunca había notado todo lo que brillan tus ojos. Mamá, no quiero que esta noche acabe nunca.

Igual que siempre, jugaba con su pelo y se llevaba las manos a la boca cuando reía. Todo era tan natural que olvidé mi confusión. Me preguntó acerca de mi vida y le conté todo lo que había sucedido en estos años que habíamos estado separadas. Le dije que había vuelto a México y que cada vez estaba más enamorada de mi esposo. Tenías razón, mamá, es un buen hombre. Le conté que nos estábamos mudando a nuestra casa nueva y que me hacía falta en la instalación. Quisiera ser como tú, pero no puedo ni colgar un cuadro. Sí, mi papá está bien y le gusta recordar tu voz. Le expliqué también lo que hacía en el trabajo y como pensaba en ella con cada detalle absurdo. Le hice un resumen de la vida de todos los que me rodeaban. Supuse que querría saber de ellos. Hablé, hablé y hablé. Lo bueno es que con tanta emoción,  no olvidé mencionarle cuánto la había extrañado.

No sé cuánto tiempo pasó, pero me dijo que era tarde y se tenía que ir. Cuando pidió la cuenta me invadió la angustia. No la quería perder nuevamente. No podía dejar que se fuera. Le pedí su dirección, su teléfono. A mi papá también le gustaría verte, la traté de convencer.  La mujer seguía asegurando que no era mi madre. Perdón, pero no le doy esos datos a cualquier extraña. Me dio gusto conocerte, pero ya me tengo que ir. Pagó la cuenta y salió del bar. Sentí lágrimas desesperadas llegar con una velocidad sorprendente hasta mi cuello. Salí corriendo tras ella. Me tiré al piso y la agarré de la pierna. No me puedes dejar. No puedo soportarlo. Otra vez no, mamá, por favor.

Ella trató de liberarse de mi abrazo enfermizo. Yo no la podía dejar ir. No me importó comportarme como una loca. Me miró con ternura. Casi pude escuchar un “mi pequeña”. Puso su mano rasposa en mi cara. Esa que yo conocía tan bien. Me dijo que no debía aferrarme tanto a los cuerpos. No te dejes engañar, Ximena, sí se puede vivir del recuerdo.

Accra en las rocas

Ocho y media de la noche. Pude haberme quedado en casa mientras esperaba el vuelo con una película, comida china y un sueño corto. Alguien pasaría por mí a las cuatro de la mañana para llevarme al aeropuerto. Sin embargo, algo en la oscuridad siempre me llama. Tenía ganas de un último paseo por las calles tortuosas de Accra todavía salpicadas con arena del Sahara. Mis amigas me esperaban para cenar. Salí de mi casa con la fuerza de un aguacero y más completa que un círculo.

Recuerdo que platicamos acerca de la inmensidad del universo. Les conté que a veces me encontraba parada en medio de todo, sintiendo demasiado y sin saber qué hacer al respecto. Acordamos que nada en la vida valía lo suficiente para ser tomado en serio. Después de unas cuantas risas fuimos al lugar de la estrella negra por un par de mojitos matadores. De esos que en vez de ron tiene un licor de caña más parecido al aguarrás. Lo guardan en botellas polvosas de plástico atrás de la barra y le ponen mucha yerbabuena para mitigar el mal sabor. El truco funciona. Puedes tomar uno, dos, tres y cuando te das cuenta estás envuelta en bruma. Así pasaron las horas hasta que recordé mi avión.  No podía perder ese vuelo. Estaba impaciente. Me quería ir caminando. Yo vivo por ahí, dijo un extraño, si quieres te acompaño.

Entre la bulla de un bar lleno de conocidos, la voz de un extraño ofreció llevarme a casa. En Ghana, los blancos frecuentan los mismos lugares. Es difícil escapar. Lo miré y lo reconocí. Mi mente viajó dos fines de semana atrás a una fiesta junto a la playa. El reggae sonaba para hacernos sudar más.  Yo estaba metida en un diminuto vestido azul bailando sola. Entre la humedad apareció el extraño. Su camisa era de una tela idéntica a la mía. Alma gemela, le grité y no lo volví a ver.

Se hacía tarde en el lugar de la estrella negra. Era momento de partir. Nos encaminamos hacia mi casa por calles oscuras platicando del clima. Nos alcanzó una motocicleta con tres sujetos montados. Dos de ellos cargaban una pistola. Me arrancaron mi bolsa y me convertí en espectadora. El extraño comenzó a gritar y a moverse de un lado al otro. Los asaltantes se estaban poniendo nerviosos. Querían su cartera y no podían obtenerla. Lo van a matar, pensé. Todo esto sucedía a tres metros de distancia. Me acerqué rápidamente a donde estaban forcejeando y abracé al extraño con todas mis fuerzas. Lo miré a los ojos y con una voz suave le pedí que se calmara. Le mentí diciéndole que todo estaría bien, que no se preocupara.

Nos tiraron al piso y vi cómo mis zapatos salieron volando. Puse mi mano en su mejilla, lo acaricié y repetí que por favor mantuviera la calma. Le pusieron un arma en la cabeza y otra en la mía. El acero de una pistola es muy frío, cala hasta los huesos. Finalmente le sacaron la cartera del bolsillo y arrancaron el motor. Cuando creí que todo había terminado, escuché un disparo. Cerré los ojos con fuerza y me tomó unos segundos darme cuenta que, sólo por esta vez, la bala no llevaba mi nombre. Respiré.

Un chorro de líquido caliente empezó a resbalar por mi cara. Mis pestañas se llenaron de sangre y enrojecieron mi vista. Le habían dado un tiro en la cabeza. Una cascada escarlata brotaba de su frente. La bala solamente lo había rozado marcando un camino profundo de aproximadamente diez centímetros. Estaba vivo. Tenía que llevarlo con un doctor. La calle estaba desierta. Nos arrastramos un par de cuadras hasta la avenida principal. Lo tomé de la mano como si siempre. La hemorragia no cesaba. Tomamos un taxi al hospital más cercano. En el camino, le besé la cara como si nunca. Le prometí que todo iba a estar bien. Ni siquiera sabía su nombre.

En el hospital perdí el control. Por primera vez, me di cuenta de la gravedad del asunto. Me pude haber muerto y traía de la mano a un extraño con un hoyo en la cabeza. En urgencias alguien lo revisó. Es usted muy afortunado, dijo, con unas cuantas puntadas va a estar bien. El balazo retumbaba en mis entrañas. Una nota constante y aguda torturaba mi oído izquierdo. Después de limpiar la herida, el doctor salió de la sala para traer los instrumentos de sutura.

El extraño volteó a verme. Me estaba deshaciendo en una esquina: pálida, diminuta, descalza y bañada en su sangre. Estoy bien, murmuró, tranquila. Tu sangre se ve bien en mi cuerpo, respondí. Silencio incómodo. No sé de dónde salieron esas palabras torcidas. Estás loca, sentenció. Nos reímos. Lloré. Así de contradictoria es la histeria. Luego me apresuré a abrazarlo. Lo quería con todo mi corazón. Celebramos que no le habían robado su teléfono con unas fotos inapropiadas para una situación tan crítica. Nos burlábamos del diablo. Más bien, bailábamos con él. El doctor regresó y yo me tuve que ir. Seguía siendo un extraño, pero estábamos unidos. La muerte nos había besado.

Lo abandoné a las tres y media de la mañana en la sala sórdida de un hospital. ¿Cómo se llama? ¿Qué hace? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuál es su historia? ¿Qué es lo primero que piensa cuando se despierta? No lo sé y no me importa.  Cuando en menos de un segundo puedes dejar de respirar, todo lo demás se vuelve irrelevante. Ahora sé que en lo único que creo es en la muerte. Tengo que vivir teniéndola presente, pero no en un sentido negativo. Mi estancia en este mundo es irrelevante. La verdadera trascendencia es entender la fragilidad de la existencia humana y, por lo tanto, apreciar más cada momento. Cuando crees que estás a salvo, para tu mundo entero y detente a escuchar a la muerte. Está detrás de ti, respirando junto a tu cuello, con la lengua de fuera chupando tu pelo, empañando tus ojos con  su aliento. Está acariciando tu trasero con un dedo largo y huesudo.

Salí de Ghana en una madrugada agria. La muerte metió su lengua hasta el fondo de mi garganta y me dejó unas ganas constantes de llorar. Todo el viaje me la pasé temblando y el olor a hierro de la sangre se quedó impregnado en mi piel. Tenía ganas de perderme en los ojos serenos de mi absoluto, dejarme abrazar por él y luego dormir.

A pesar de todo, no quisiera terminar esta historia con la palabra ficción. Estoy contenta de haberla vivido. Estoy contenta de vivir. Estoy contenta. Estoy. ESTOY.

Ayer recibí esta foto en mi correo. Me arrancó una sonrisa. Supongo que el extraño está bien.

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10 preguntas que NUNCA le debes hacer a un escritor

  1. ¿Me regalas una copia de tu libro?
  2. ¿Conoces a (inserte aquí el nombre de un escritor famoso)?
  3. ¿Cuál de tus personajes eres tú?
  4. ¿De verdad obtienes dinero de tus libros?
  5. ¿Quieres que te cuente mi historia para que la incluyas en tu próxima novela?
  6. ¿Por qué te tardaste tanto en escribir tu último libro?
  7. ¿Por qué crees que tu libro no se ha vendido?
  8. ¿En serio eres escritor?
  9. ¿Por qué no he escuchado hablar de ti?
  10. Exactamente, ¿qué haces todo el día?

 

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10 consejos para ser un hombre misterioso

misterio

¿Tiene miedo? ¿Se siente solo? ¿Necesita desesperadamente provocar admiración? ¿No recuerda la última vez que tuvo una noche de pasión? Lo que usted necesita es  aparentar ser una persona misteriosa. Pruebe alguna de estas sencillas acciones y sorpréndase con los resultados.

  1. Vaya a un bar, siéntese en una mesa solo y lea un libro. No importa qué bar o qué libro. Depende del tipo de personas que quiera impresionar con su enigmática personalidad. No se preocupe,  no lo tiene que leer de verdad. Sólo mire fijamente los garabatos en tinta negra y no olvide cambiar de hoja cada cinco minutos aproximadamente.
  2. Empiece cualquier comida con el postre.
  3. Tome una lupa y arrástrese por el suelo de una plaza al aire libre. Simule que busca algo, cualquier cosa, y celebre efusivamente algún hallazgo falso. Continúe su minuciosa inspección a gatas durante una hora.
  4. Siéntese en un lugar público y cómase un bote de mayonesa a cucharadas. Pretenda que lo disfruta inmensamente. No haga trampa. Cómaselo de verdad para intensificar  el efecto de la acción.
  5. Haga sentadillas en un lugar público. Cierre los ojos  y pretenda que medita cada vez que esté en cuclillas. Al levantarse, deje escapar un pequeño grito de guerrero. Repita este movimiento tantas veces como sea necesario.
  6. Póngase unos lentes oscuros aunque no haya sol y, si lo tiene a la mano, también un sombrero. Fórrese con una gabardina negra, de preferencia que le quede grande. Quitarse la ropa es totalmente opcional. No se le ocurra abrírsela enfrente de criaturitas porque podría terminar tras las rejas. Ahora camine por la ciudad sin expresión facial.
  7. Asome la cabeza por su ventana y ofrezca a los transeúntes  un discurso en un idioma que nadie conozca, usted tampoco. Recuerde poner énfasis en la entonación y no descuide el movimiento de manos.
  8. Vaya a una fiesta y baile como epiléptico en el centro de la pista. No pare. No hable con nadie. Conviértase en uno con la música o al menos créaselo durante un par de horas. Retírese del recinto sin voltear atrás o entablar algún tipo de contacto. Se convertirá en una leyenda de la vida nocturna.
  9. Durante sus interacciones cotidianas, opine intensamente acerca de todo. Si no sabe de qué está hablando, inventé. Elabore argumentos agresivos, aunque no tengan fundamento. Utilice datos estadísticos falsos o verdaderos. Es útil memorizar algunas citas o aforismos de gente famosa para parecer más culto y, por lo tanto, más misterioso.
  10. Escriba un libro. No importa que sea malo. Dígale a todos los que conozca que usted es escritor.

Lo invito a llevar a cabo alguno de estos consejos y a compartir su experiencia. Seguro sus resultados servirán de inspiración para cualquiera que quiera ser tan idiota auténtico como  usted.

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Ridículo

Cuando estamos él y yo solos por muchos días nos ponemos a jugar. Hubo una temporada en la que jugábamos ajedrez, después backgammon y ahora, lo nuestro, lo nuestro es el dominó (no es aburrido aunque sólo seamos dos). Vamos recorriendo este país con un misterioso maletín negro y, cuando tenemos tiempo libre, hacemos de cualquier lugar una cantina. La otra noche estábamos en Epos Bar apostando algo más valioso que la vida en una partida. Tienen que visualizar este lugar como un conjunto de mesas y sillas de plástico sobre una calle terrosa, unas bocinas escupiendo Azonto a todo volumen y gente consumiendo grandes cantidades de cerveza barata. Después de las once de la noche se tienen que parar a bailar. Algo se posesiona de sus cuerpos  y los obliga a moverse como si mañana se acabara el mundo. Estando a la mitad de la calle, pasan motocicletas, vendedores de comida y mendigos. A primera vista todo parece un desorden total, pero a medida que pasa el tiempo te das cuenta que hay una especie de armonía. Simplemente no estás acostumbrado.
Se acercó un niño que vendía chicles. Miró fijamente las fichas. Preguntó con timidez qué estábamos haciendo. Dominó, dijo mi contrincante y empezó a explicarle cómo se jugaba. Llegó alguien más que parecía ser su hermano. Después otro y otra hasta que nuestra mesa estaba rodeada de nueve pequeños mendigos. Me costó trabajo que me hablaran. No confían tan fácil. Tuve que sacarles dulcemente las palabras de la nariz. Son de Niger, me contaron. Llegaron a Accra hace 7 años con familiares y vecinos. Viven en una casa con otras ocho familias procedentes del mismo lugar. En las noches vienen a Epos con sus madres a vender dulces y pedir dinero. En Niger todo el tiempo tenían hambre, por eso les gusta más vivir en Ghana. No van a la escuela, pero han aprendido inglés y hasta saben bailar Azonto.
Niger se encuentra en el oeste de África, está cubierto por el desierto del Sahara y es uno de los países más pobres del mundo. Mientras escribo esto cientos de niños famélicos se están muriendo de hambre. Otro caso de inestabilidad política e inseguridad alimentaria crónica. Según estadísticas del PNUD (2011) es el segundo país con menor desarrollo humano. Por más precaria que les parezca la situación, estos niños tienen suerte de ser mendigos en Accra. Qué desesperación la de un padre al buscar comida como un loco y no encontrarla.
Al cabo de unos minutos, decidieron que el dominó era un juego muy aburrido. Se apropiaron de las fichas y comenzaron a construir torres de diferentes tamaños y formas. Cada vez que una estructura perdía la estabilidad y se caía, las carcajadas explotaban. Se tiraban al piso de la risa. Así de simple.
Nunca terminamos la partida de dominó, pero estaban contentos. No pedían nada. Mis prioridades cambiaron drásticamente en cuestión de segundos. Eso es lo que los niños deben hacer: jugar hasta que se cansen, hasta que les duela la panza de tanto reír. Para ellos las cosas son diferentes. Escaparon de la muerte y ahora deben trabajar noche tras noche para mantenerse aquí, en una ciudad febril, en una lucha constante por mejorar su calidad de vida aunque sea un poquito. Tratar de olvidar la palabra inanición.
El más grande sacó de su pantalón una bolsa de galletas medio trituradas. Lo primero que hizo fue ofrecernos. Ofrecer. Aquel niño ha conocido el hambre verdadera y aún así está dispuesto a compartir su comida con dos extraños que lo tienen todo y él lo sabe. ¿No es la vida ridícula?

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J/P oder

yotat1

El poder tú tampoco lo tienes. Siempre es menor que el de alguien más.

Es mi culpa por andar con la sonrisa plasmada. Ligera. Llamándote a ti igual que a todos los demás. Invitando. ¿Quieres tocarme o que te mire? ¿Quieres hablar conmigo? Quieres mi atención. Entiendo si te enojas porque no te la doy. Perdóname por caminar dando pequeños saltitos. Como si el mundo fuera maravilloso. Como si todo valiera la pena por respirar aire caliente y al mismo tiempo mojarse en la lluvia. Como si no nos estuviéramos pudriendo en un sistema torcido. Somos el estofado que lleva cientos de años fuera del refrigerador. Tú y yo no tuvimos la misma suerte. Es mi culpa y no. Es todo. Entiendo si te exasperas al verme pasar. Tan fresca en medio del espeso sudor de una nueva ciudad en ruinas. ¿Altanera? Por eso me agarraste la muñeca. Apretaste más fuerte cuando me quise soltar. Tus dedos violentamente en mi mano. Me estabas lastimando y era la primera vez que me veías. Tal vez me conocías desde siempre. Soy tu infierno. Cómo puedo ser lo que no eres si al final somos humanos. Te miré y nos congelamos. Estabas trabado. Tu enorme mano engarrotada en la mía. Dolor. A eso sabe la impotencia. A las ganas de llorar que produce el coraje, pero te las tienes que tragar. No quieres que todos sepan lo débil que eres. Es entonces cuando saben más amargas. Tu amigo ordenó que me liberaras. Los tentáculos de pulpo frenético se aflojaron y resbalaron por mi piel. Dejaste embarrado un líquido baboso. No te quise volver a mirar. Te di la espalda y lloré. En mi brazo dejaste un par de moretones verdosos, en mi garganta un nudo de confusión y en mis párpados una desesperación pesada. Espero lo hayas disfrutado. Fuiste más fuerte que yo. Ahora sólo un recuerdo.

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Así fue Makola (porque esto es África)

makola marketAterricé a las cinco de la mañana en Accra, la capital de Ghana. No importa el grado de cansancio, África siempre sabe cómo despertarte. Me recibió un aire caliente con rastros de arena del Sahara, un marido adormilado y un chofer. La casa de huéspedes donde pasaré tres meses por razones de trabajo parece una combinación entre un manicomio y una prisión. Es un cuarto enorme con paredes blancas, un escritorio, una cama y una ventana con barrotes. Después de dormir un rato para recuperar sueño, desperté con una sola idea en la cabeza: ir a algún mercado a comprar unas cuantas cosas que hicieran mi nuevo espacio un poco más acogedor.
Cuando sentí mi pie hundirse en el lodo de la calle, el Mercado de Makola se tiró un clavado a mi interior. Música, pasos, cacareo, verduras, canastas, telas, semillas, humo, bocinas de autos, sudor, lloriqueo de niños. El olor de las hierbas y los fogones se confundía con el de la basura y el caño. Cundidas de elegancia, mujeres altísimas y esbeltas caminaban con enormes bultos sobre la cabeza. Contoneaban sus caderas de una manera casi imperceptible con la espalda completamente erguida y la mirada orgullosa. Un conjunto de niños chimuelos me jalaban de los pantalones para pedirme algo, cualquier cosa. Tenía que avanzar con el grito de ¡hey, White Lady! retumbando en mis oídos, proveniente de veinte voces diferentes. Era la intrusa perfecta.
makola 2Los ojos estaban en mí. Podía distinguir entre miradas amistosas y otras llenas de resentimiento. Me culpaban por crímenes que no cometí. Tantos años de explotación los obliga a juzgarme por el color de mi piel. ¿Quién soy yo para quejarme? No me queda más que entender, aceptar, maldecir y avanzar. Así, un poco intimidada, seguí caminando. En lugares más incómodos he estado, pensé, no voy a retroceder. Con una mueca amable y un manotazo sutil explicaba que no quería comprar. No pude evitar acongojarme ante su decepción. Cuando preguntaba por el costo de algún producto, el vendedor me daba el triple del precio real. Ya sé que así es como sucede. Soy hábil en el arte del regateo. Yo también quiero obtener un precio ¿justo? o por lo menos igual al de los demás.
Después de unas batallas ganadas y otras perdidas, Makola se suavizaba al ritmo de la tarde. Sin embargo, me tenía que topar con los ojos negros y profundos de aquella vendedora de pescado. Estaba sentada en el piso con un sombrero de palma en la cabeza, la mitad de sus grandes pechos al descubierto y el tedio de la miseria en su semblante. Tenía enfrente cuatro pescados que cuidaba sin ganas. Más que cansada y acalorada, estaba harta. Con una hoja de plátano espantaba a la moscas con la misma lentitud con la que las gotas de sudor resbalaban por su espalda. Pregunté cuánto costaba un pescado. Fingió no escucharme. Volví a preguntar. Me ofreció un vistazo duro. Tenía un lunar alrededor de la pupila. Se demoró en contestar. Nos miramos un rato. Ella me desafió y yo me volví a desorientar. Mi sonrisa congelada era ridícula. Parecía un insulto. Finalmente, me dio un precio desorbitante. Un pescado a punto de podrirse no cuesta 40 cedis. Exigí con voz temblorosa el precio real. La mujer aventó violentamente la hoja verde. Balbuceó en un inglés lioso: “ustedes los blancos, siempre quieren todo más barato y no entienden nada”. Me miró nuevamente, me insultó en Akan y escupió en mis pies un líquido espeso y amarillento. Ese gesto sí lo comprendí. Nunca me había sentido más avergonzada de regatear. Es verdad. Entiendo muy poco. No es por ser blanca, sino por ser humano y formar parte de una estructura injusta.

makola 3Mi alrededor se silenció. Estaba bajo el agua. Caminé (o nadé) hacia la salida sin comprar nada más. El sol se estaba metiendo. Cuando la luz anaranjada atravesó la bruma, un reggae repiqueteaba a lo lejos y, poco a poco, los sonidos y el movimiento volvieron a intensificarse. Salí de la angustia. Inhalé la primera bocanada de oxígeno como si brotara de un profundo clavado. Estás nuevamente en África, dije en voz baja y una carcajada se me escapó.

La casa de huéspedes parece una prisión, pero no requiero objetos para decorarla. Tengo un amor, una cama dura, un escritorio y un trabajo que me encanta. No necesito nada más. Si algo he aprendido después de todos estos cambios de morada es que el hogar lo hago yo.

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