Muertos de algo

Esta casa pronto olerá a muerto. Parece que fue ayer cuando vibraba con el sonido de los hielos cayendo en las copas de los invitados. Muchas risas, mucha música y demasiada hipocresía. Eran los fabulosos años cincuenta en una Ciudad de México que se revitalizaba con cada punzada del desarrollo estabilizador. Era cuando grandes arquitectos construían majestuosas mansiones sobre un terreno de roca volcánica al sur de la ciudad. Era cuando algunos saborearon el éxito y se regocijaron en la trampa de sentirse magníficos, casi invencibles.

Hoy la tarde ilumina agresivamente el cuerpo hinchado  de Alejandro Cisneros. No puede evitar mirar el jardín y sentir lágrimas imposibles. En un segundo, toda la vida pasa por su mente. Recuerda el día en que él y su joven esposa visitaron el terreno por primera vez. Su empresa constructora iba muy bien. Pudo comprar el lote y dejar que su amigo, que aún no ganaba el Premio Pritzker,  construyera una casa llena de madera, color rosa intenso y talavera.

Se mudaron a la casa del Pedregal un mes de abril. Los Cisneros abrieron decenas de cajas de champaña. Hicieron una gran fiesta en el jardín a la cual asistieron todos sus amigos cercanos: emprendedores aún inocentes que pocos años después se convertirían en la clase alta y refinada de una sociedad cada vez más desigual. Señoras con peinados altísimos que día a día se esforzaban  por ser el ama de casa perfecta, discutían entre tragos tropicales la mejor forma de  mantener  el control de un séquito de sirvientes uniformados. También estaba ella: violenta, experta, terrible, adorable y perversa.

Alejandro la seguía con la mirada desde la primera vez, cuando ella todavía usaba calcetas. Le gustaba observarla desde lejos porque se imaginaba las cosas que le haría más tarde o al día siguiente. Sabía que esa mujer se derretía entre sus brazos. Era toda suya justo en el momento en que cerraba los ojos, dejaba de respirar y sus entrañas temblaban. Mientras, disfrutaba la espera. Antes de ella no conocía la delicia en la paciencia. Pronto se verían donde siempre.  A Dolores no le importaba la suciedad de aquel hotel en el centro donde sólo iban las prostitutas. Esa noche de fiesta, tocó la Orquesta de Ingeniería.

Después vinieron los hijos y más dinero. Muchas veces los miró dormir mientras se prometía darles la mejor vida. Nunca les faltaría nada. Con una casa esplendorosa, unos niños bien vestidos, uno que otro coche último modelo, una esposa católica, un trabajo bien remunerado y unos amigos divertidos, Don Alejandro era el sabor exacto del éxito. Eso pensaban los demás.  Los jueves eran de póker, los viernes iba al cabaret de moda, los sábados jugaba golf y los domingos ofrecía una gran comida para familiares y amigos. Un cocktail, una fiesta en la alberca y unas vacaciones en Acapulco rellenaban su existencia de pequeños bloques considerados la expresión más cercana a la felicidad. Un enfermero interrumpe su visión.

-Don Alejandro, lo voy a cargar para llevarlo a la sala. Tiene visitas.

El hombre fuerte vestido de blanco toma al viejo entre sus brazos y lo deposita en un sillón de terciopelo.  Alejandro se deja transportar con resignación. De sus ojos escapa un grito de dolor. No le gusta el movimiento. Quiere quedarse sentado y dormir. Cerrar los ojos y dormir profundamente.

Entran en la habitación su esposa, su hijo y sus dos nietas. Tienen que desviar la vista de todas las agujas y sondas incrustadas en la piel del enfermo para no realizar alguna mueca incorrecta que delate su asco. Todos sentían impotencia y frío. Lástima. Le habían hecho una traqueotomía para retirar las secreciones purulentas de los pulmones, facilitarle la respiración y ayudarle a hablar. En una incisión en el cuello, debajo de la manzana de Adán, colocaron una cánula. Cada vez que quería pronunciar una palabra debía colocar el dedo en  aquel orificio artificial. El aire no pasaba libremente por las cuerdas vocales, por lo tanto realizaba un esfuerzo brutal para poder emitir un sonido bajo y rasposo, acompañado de una asfixia y un viento tenebroso. pfff pfff El soplo escapaba de un tubo de plástico ensangrentado con cada conato de palabra. pfff pfff

-pfff pfff. ¿Qué hacen todos aquí? pfff pfff Es sábado. Si no trabajan en sábado son unos inútiles. Están perdidos en la vida. pfff pff Igual que los negros y las mujeres, ustedes no saben a trabajar.

-Vinimos a verte. ¿Cómo te sientes, abuelo?-  exclama tímidamente su nieta Penélope.

Don Alejandro levanta la vista para mirarla. Penélope está despeinada y por debajo de su falda de colegiala se asoman unas rodillas llenas de moretones. Salvaje y testaruda, piensa el viejo, como Dolores. Ahora, en medio de la decrepitud, los huesos podridos, la agrura de las medicinas y la cánula violando su garganta, no tiene ganas de ofrecer ternura. A veces piensa que ha estado muerto desde hace mucho. Desde que olvidó el sabor de la saliva de esa mujer. La que se aferraba a su cinturón como si fuera el último suspiro de vida antes de descender en espiral hacía el vacío.

Sólo le da miedo la oscuridad. Las sombras revolotean alrededor de su cama igual que el día en que se encerró en su despacho y acarició su lengua con una pistola. Su empresa quebró durante la crisis. Jamás se pudo recuperar. Su hijo los mantenía y era más de lo que podía soportar.  Lo único que quedaba de aquella época de opulencia era la casa con pisos de madera, paredes rosas, baños de talavera, tres salas inmensas, el comedor casi siempre vacío y una hiedra devorando los recuerdos engranados en las paredes de roca volcánica. Ahora ya nada importa. Solamente el recuerdo de los muslos de aquella mujer. No se reprocha las cosas que hizo, sino lo que dejó pendiente. Debió haber jalado el gatillo.

Su mente vuelve a la fiesta que inauguraba la nueva casa hace casi cincuenta años. Esa fue la última vez. Dolores era la mujer de su mejor amigo. Mientras todas pasaban horas en el salón de belleza, usaban vestidos ceñidos a la cintura y sostenes llenos de alambres que exageraban la forma de los senos, el caminar de Dolores  salpicaba agua simple  y turbulenta. Aún así, se quitaba las medias como un suave lengüetazo, como los ojos entrecerrados de un gato.

Todos hablaban y bailaban. En el cuarto de herramientas atrás del jardín, dos vasos se rompieron en pedazos después de un fuerte impacto contra el suelo. Ahí dentro, pudo haber nacido el principio del caos.  Alejandro y Dolores se encontraron en esa oscuridad con el alma húmeda. Nos van a ver, murmuraba, pero a los tentáculos inquietos que la mallugaban no parecía importarles. Alejandro reía. Extrañamente cuando estaba cerca de ella siempre lo hacía. Tenía constantemente la sensación del ahora o nunca. Siempre escogía el ahora. Dolores quiso resistir, pero cuando sus propias manos se encontraron con aquel cinturón de piel exótica, cerró los ojos y despertó. Alejandro desgarró la ropa interior. Le mordió el hombro. Esta vez, no le importó dejar marcas. Querían llegar tan profundo como les fuera posible porque lo sabían: era la última vez. Gritaron para ser descubiertos, pero no sucedió.

Su nieta pregunta algo, debe responder.

-pfff pfff ¿Qué no me ves? pfff pfff ¿Para qué preguntas? Todos ustedes  son pfff pfff unos muertos de hambre.

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2 pensamientos en “Muertos de algo

  1. Mar enfilo dice:

    Me gustó mucho. Gracias.

  2. Ximena dice:

    Gracias a ti por leerme. ¡Buen día!

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