Archivo de la categoría: Crónicas

Accra en las rocas

Ocho y media de la noche. Pude haberme quedado en casa mientras esperaba el vuelo con una película, comida china y un sueño corto. Alguien pasaría por mí a las cuatro de la mañana para llevarme al aeropuerto. Sin embargo, algo en la oscuridad siempre me llama. Tenía ganas de un último paseo por las calles tortuosas de Accra todavía salpicadas con arena del Sahara. Mis amigas me esperaban para cenar. Salí de mi casa con la fuerza de un aguacero y más completa que un círculo.

Recuerdo que platicamos acerca de la inmensidad del universo. Les conté que a veces me encontraba parada en medio de todo, sintiendo demasiado y sin saber qué hacer al respecto. Acordamos que nada en la vida valía lo suficiente para ser tomado en serio. Después de unas cuantas risas fuimos al lugar de la estrella negra por un par de mojitos matadores. De esos que en vez de ron tiene un licor de caña más parecido al aguarrás. Lo guardan en botellas polvosas de plástico atrás de la barra y le ponen mucha yerbabuena para mitigar el mal sabor. El truco funciona. Puedes tomar uno, dos, tres y cuando te das cuenta estás envuelta en bruma. Así pasaron las horas hasta que recordé mi avión.  No podía perder ese vuelo. Estaba impaciente. Me quería ir caminando. Yo vivo por ahí, dijo un extraño, si quieres te acompaño.

Entre la bulla de un bar lleno de conocidos, la voz de un extraño ofreció llevarme a casa. En Ghana, los blancos frecuentan los mismos lugares. Es difícil escapar. Lo miré y lo reconocí. Mi mente viajó dos fines de semana atrás a una fiesta junto a la playa. El reggae sonaba para hacernos sudar más.  Yo estaba metida en un diminuto vestido azul bailando sola. Entre la humedad apareció el extraño. Su camisa era de una tela idéntica a la mía. Alma gemela, le grité y no lo volví a ver.

Se hacía tarde en el lugar de la estrella negra. Era momento de partir. Nos encaminamos hacia mi casa por calles oscuras platicando del clima. Nos alcanzó una motocicleta con tres sujetos montados. Dos de ellos cargaban una pistola. Me arrancaron mi bolsa y me convertí en espectadora. El extraño comenzó a gritar y a moverse de un lado al otro. Los asaltantes se estaban poniendo nerviosos. Querían su cartera y no podían obtenerla. Lo van a matar, pensé. Todo esto sucedía a tres metros de distancia. Me acerqué rápidamente a donde estaban forcejeando y abracé al extraño con todas mis fuerzas. Lo miré a los ojos y con una voz suave le pedí que se calmara. Le mentí diciéndole que todo estaría bien, que no se preocupara.

Nos tiraron al piso y vi cómo mis zapatos salieron volando. Puse mi mano en su mejilla, lo acaricié y repetí que por favor mantuviera la calma. Le pusieron un arma en la cabeza y otra en la mía. El acero de una pistola es muy frío, cala hasta los huesos. Finalmente le sacaron la cartera del bolsillo y arrancaron el motor. Cuando creí que todo había terminado, escuché un disparo. Cerré los ojos con fuerza y me tomó unos segundos darme cuenta que, sólo por esta vez, la bala no llevaba mi nombre. Respiré.

Un chorro de líquido caliente empezó a resbalar por mi cara. Mis pestañas se llenaron de sangre y enrojecieron mi vista. Le habían dado un tiro en la cabeza. Una cascada escarlata brotaba de su frente. La bala solamente lo había rozado marcando un camino profundo de aproximadamente diez centímetros. Estaba vivo. Tenía que llevarlo con un doctor. La calle estaba desierta. Nos arrastramos un par de cuadras hasta la avenida principal. Lo tomé de la mano como si siempre. La hemorragia no cesaba. Tomamos un taxi al hospital más cercano. En el camino, le besé la cara como si nunca. Le prometí que todo iba a estar bien. Ni siquiera sabía su nombre.

En el hospital perdí el control. Por primera vez, me di cuenta de la gravedad del asunto. Me pude haber muerto y traía de la mano a un extraño con un hoyo en la cabeza. En urgencias alguien lo revisó. Es usted muy afortunado, dijo, con unas cuantas puntadas va a estar bien. El balazo retumbaba en mis entrañas. Una nota constante y aguda torturaba mi oído izquierdo. Después de limpiar la herida, el doctor salió de la sala para traer los instrumentos de sutura.

El extraño volteó a verme. Me estaba deshaciendo en una esquina: pálida, diminuta, descalza y bañada en su sangre. Estoy bien, murmuró, tranquila. Tu sangre se ve bien en mi cuerpo, respondí. Silencio incómodo. No sé de dónde salieron esas palabras torcidas. Estás loca, sentenció. Nos reímos. Lloré. Así de contradictoria es la histeria. Luego me apresuré a abrazarlo. Lo quería con todo mi corazón. Celebramos que no le habían robado su teléfono con unas fotos inapropiadas para una situación tan crítica. Nos burlábamos del diablo. Más bien, bailábamos con él. El doctor regresó y yo me tuve que ir. Seguía siendo un extraño, pero estábamos unidos. La muerte nos había besado.

Lo abandoné a las tres y media de la mañana en la sala sórdida de un hospital. ¿Cómo se llama? ¿Qué hace? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuál es su historia? ¿Qué es lo primero que piensa cuando se despierta? No lo sé y no me importa.  Cuando en menos de un segundo puedes dejar de respirar, todo lo demás se vuelve irrelevante. Ahora sé que en lo único que creo es en la muerte. Tengo que vivir teniéndola presente, pero no en un sentido negativo. Mi estancia en este mundo es irrelevante. La verdadera trascendencia es entender la fragilidad de la existencia humana y, por lo tanto, apreciar más cada momento. Cuando crees que estás a salvo, para tu mundo entero y detente a escuchar a la muerte. Está detrás de ti, respirando junto a tu cuello, con la lengua de fuera chupando tu pelo, empañando tus ojos con  su aliento. Está acariciando tu trasero con un dedo largo y huesudo.

Salí de Ghana en una madrugada agria. La muerte metió su lengua hasta el fondo de mi garganta y me dejó unas ganas constantes de llorar. Todo el viaje me la pasé temblando y el olor a hierro de la sangre se quedó impregnado en mi piel. Tenía ganas de perderme en los ojos serenos de mi absoluto, dejarme abrazar por él y luego dormir.

A pesar de todo, no quisiera terminar esta historia con la palabra ficción. Estoy contenta de haberla vivido. Estoy contenta de vivir. Estoy contenta. Estoy. ESTOY.

Ayer recibí esta foto en mi correo. Me arrancó una sonrisa. Supongo que el extraño está bien.

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Ridículo

Cuando estamos él y yo solos por muchos días nos ponemos a jugar. Hubo una temporada en la que jugábamos ajedrez, después backgammon y ahora, lo nuestro, lo nuestro es el dominó (no es aburrido aunque sólo seamos dos). Vamos recorriendo este país con un misterioso maletín negro y, cuando tenemos tiempo libre, hacemos de cualquier lugar una cantina. La otra noche estábamos en Epos Bar apostando algo más valioso que la vida en una partida. Tienen que visualizar este lugar como un conjunto de mesas y sillas de plástico sobre una calle terrosa, unas bocinas escupiendo Azonto a todo volumen y gente consumiendo grandes cantidades de cerveza barata. Después de las once de la noche se tienen que parar a bailar. Algo se posesiona de sus cuerpos  y los obliga a moverse como si mañana se acabara el mundo. Estando a la mitad de la calle, pasan motocicletas, vendedores de comida y mendigos. A primera vista todo parece un desorden total, pero a medida que pasa el tiempo te das cuenta que hay una especie de armonía. Simplemente no estás acostumbrado.
Se acercó un niño que vendía chicles. Miró fijamente las fichas. Preguntó con timidez qué estábamos haciendo. Dominó, dijo mi contrincante y empezó a explicarle cómo se jugaba. Llegó alguien más que parecía ser su hermano. Después otro y otra hasta que nuestra mesa estaba rodeada de nueve pequeños mendigos. Me costó trabajo que me hablaran. No confían tan fácil. Tuve que sacarles dulcemente las palabras de la nariz. Son de Niger, me contaron. Llegaron a Accra hace 7 años con familiares y vecinos. Viven en una casa con otras ocho familias procedentes del mismo lugar. En las noches vienen a Epos con sus madres a vender dulces y pedir dinero. En Niger todo el tiempo tenían hambre, por eso les gusta más vivir en Ghana. No van a la escuela, pero han aprendido inglés y hasta saben bailar Azonto.
Niger se encuentra en el oeste de África, está cubierto por el desierto del Sahara y es uno de los países más pobres del mundo. Mientras escribo esto cientos de niños famélicos se están muriendo de hambre. Otro caso de inestabilidad política e inseguridad alimentaria crónica. Según estadísticas del PNUD (2011) es el segundo país con menor desarrollo humano. Por más precaria que les parezca la situación, estos niños tienen suerte de ser mendigos en Accra. Qué desesperación la de un padre al buscar comida como un loco y no encontrarla.
Al cabo de unos minutos, decidieron que el dominó era un juego muy aburrido. Se apropiaron de las fichas y comenzaron a construir torres de diferentes tamaños y formas. Cada vez que una estructura perdía la estabilidad y se caía, las carcajadas explotaban. Se tiraban al piso de la risa. Así de simple.
Nunca terminamos la partida de dominó, pero estaban contentos. No pedían nada. Mis prioridades cambiaron drásticamente en cuestión de segundos. Eso es lo que los niños deben hacer: jugar hasta que se cansen, hasta que les duela la panza de tanto reír. Para ellos las cosas son diferentes. Escaparon de la muerte y ahora deben trabajar noche tras noche para mantenerse aquí, en una ciudad febril, en una lucha constante por mejorar su calidad de vida aunque sea un poquito. Tratar de olvidar la palabra inanición.
El más grande sacó de su pantalón una bolsa de galletas medio trituradas. Lo primero que hizo fue ofrecernos. Ofrecer. Aquel niño ha conocido el hambre verdadera y aún así está dispuesto a compartir su comida con dos extraños que lo tienen todo y él lo sabe. ¿No es la vida ridícula?

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J/P oder

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El poder tú tampoco lo tienes. Siempre es menor que el de alguien más.

Es mi culpa por andar con la sonrisa plasmada. Ligera. Llamándote a ti igual que a todos los demás. Invitando. ¿Quieres tocarme o que te mire? ¿Quieres hablar conmigo? Quieres mi atención. Entiendo si te enojas porque no te la doy. Perdóname por caminar dando pequeños saltitos. Como si el mundo fuera maravilloso. Como si todo valiera la pena por respirar aire caliente y al mismo tiempo mojarse en la lluvia. Como si no nos estuviéramos pudriendo en un sistema torcido. Somos el estofado que lleva cientos de años fuera del refrigerador. Tú y yo no tuvimos la misma suerte. Es mi culpa y no. Es todo. Entiendo si te exasperas al verme pasar. Tan fresca en medio del espeso sudor de una nueva ciudad en ruinas. ¿Altanera? Por eso me agarraste la muñeca. Apretaste más fuerte cuando me quise soltar. Tus dedos violentamente en mi mano. Me estabas lastimando y era la primera vez que me veías. Tal vez me conocías desde siempre. Soy tu infierno. Cómo puedo ser lo que no eres si al final somos humanos. Te miré y nos congelamos. Estabas trabado. Tu enorme mano engarrotada en la mía. Dolor. A eso sabe la impotencia. A las ganas de llorar que produce el coraje, pero te las tienes que tragar. No quieres que todos sepan lo débil que eres. Es entonces cuando saben más amargas. Tu amigo ordenó que me liberaras. Los tentáculos de pulpo frenético se aflojaron y resbalaron por mi piel. Dejaste embarrado un líquido baboso. No te quise volver a mirar. Te di la espalda y lloré. En mi brazo dejaste un par de moretones verdosos, en mi garganta un nudo de confusión y en mis párpados una desesperación pesada. Espero lo hayas disfrutado. Fuiste más fuerte que yo. Ahora sólo un recuerdo.

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Así fue Makola (porque esto es África)

makola marketAterricé a las cinco de la mañana en Accra, la capital de Ghana. No importa el grado de cansancio, África siempre sabe cómo despertarte. Me recibió un aire caliente con rastros de arena del Sahara, un marido adormilado y un chofer. La casa de huéspedes donde pasaré tres meses por razones de trabajo parece una combinación entre un manicomio y una prisión. Es un cuarto enorme con paredes blancas, un escritorio, una cama y una ventana con barrotes. Después de dormir un rato para recuperar sueño, desperté con una sola idea en la cabeza: ir a algún mercado a comprar unas cuantas cosas que hicieran mi nuevo espacio un poco más acogedor.
Cuando sentí mi pie hundirse en el lodo de la calle, el Mercado de Makola se tiró un clavado a mi interior. Música, pasos, cacareo, verduras, canastas, telas, semillas, humo, bocinas de autos, sudor, lloriqueo de niños. El olor de las hierbas y los fogones se confundía con el de la basura y el caño. Cundidas de elegancia, mujeres altísimas y esbeltas caminaban con enormes bultos sobre la cabeza. Contoneaban sus caderas de una manera casi imperceptible con la espalda completamente erguida y la mirada orgullosa. Un conjunto de niños chimuelos me jalaban de los pantalones para pedirme algo, cualquier cosa. Tenía que avanzar con el grito de ¡hey, White Lady! retumbando en mis oídos, proveniente de veinte voces diferentes. Era la intrusa perfecta.
makola 2Los ojos estaban en mí. Podía distinguir entre miradas amistosas y otras llenas de resentimiento. Me culpaban por crímenes que no cometí. Tantos años de explotación los obliga a juzgarme por el color de mi piel. ¿Quién soy yo para quejarme? No me queda más que entender, aceptar, maldecir y avanzar. Así, un poco intimidada, seguí caminando. En lugares más incómodos he estado, pensé, no voy a retroceder. Con una mueca amable y un manotazo sutil explicaba que no quería comprar. No pude evitar acongojarme ante su decepción. Cuando preguntaba por el costo de algún producto, el vendedor me daba el triple del precio real. Ya sé que así es como sucede. Soy hábil en el arte del regateo. Yo también quiero obtener un precio ¿justo? o por lo menos igual al de los demás.
Después de unas batallas ganadas y otras perdidas, Makola se suavizaba al ritmo de la tarde. Sin embargo, me tenía que topar con los ojos negros y profundos de aquella vendedora de pescado. Estaba sentada en el piso con un sombrero de palma en la cabeza, la mitad de sus grandes pechos al descubierto y el tedio de la miseria en su semblante. Tenía enfrente cuatro pescados que cuidaba sin ganas. Más que cansada y acalorada, estaba harta. Con una hoja de plátano espantaba a la moscas con la misma lentitud con la que las gotas de sudor resbalaban por su espalda. Pregunté cuánto costaba un pescado. Fingió no escucharme. Volví a preguntar. Me ofreció un vistazo duro. Tenía un lunar alrededor de la pupila. Se demoró en contestar. Nos miramos un rato. Ella me desafió y yo me volví a desorientar. Mi sonrisa congelada era ridícula. Parecía un insulto. Finalmente, me dio un precio desorbitante. Un pescado a punto de podrirse no cuesta 40 cedis. Exigí con voz temblorosa el precio real. La mujer aventó violentamente la hoja verde. Balbuceó en un inglés lioso: “ustedes los blancos, siempre quieren todo más barato y no entienden nada”. Me miró nuevamente, me insultó en Akan y escupió en mis pies un líquido espeso y amarillento. Ese gesto sí lo comprendí. Nunca me había sentido más avergonzada de regatear. Es verdad. Entiendo muy poco. No es por ser blanca, sino por ser humano y formar parte de una estructura injusta.

makola 3Mi alrededor se silenció. Estaba bajo el agua. Caminé (o nadé) hacia la salida sin comprar nada más. El sol se estaba metiendo. Cuando la luz anaranjada atravesó la bruma, un reggae repiqueteaba a lo lejos y, poco a poco, los sonidos y el movimiento volvieron a intensificarse. Salí de la angustia. Inhalé la primera bocanada de oxígeno como si brotara de un profundo clavado. Estás nuevamente en África, dije en voz baja y una carcajada se me escapó.

La casa de huéspedes parece una prisión, pero no requiero objetos para decorarla. Tengo un amor, una cama dura, un escritorio y un trabajo que me encanta. No necesito nada más. Si algo he aprendido después de todos estos cambios de morada es que el hogar lo hago yo.

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Domingo de ramos en Tula del Río

El destino me condujo a Tula del Río un domingo de ramos cualquiera. Nunca subestimes la idea de explorar los pueblitos que están abajo del puente gigantesco de la Carretera del Sol. Salimos de la autopista y, por un camino de terracería, avanzamos hacia el inmenso valle que cobija al Río Balsas. Lo que estábamos buscando era un lugar modesto para un chapuzón. Lo que encontramos fue un viaje onírico lleno de absurdos.

Camino a la orilla del río, pasamos por un pueblo polvoso casi desierto. Se respiraba el silencio aletargado del calor de medio día. Unos cánticos religiosos nos atrajeron hasta la iglesia. Verde, deslavada, oscura y con olor a incienso. Adentro quince señoras en trance tejían un listón de palma larguísimo. Cantaban una y otra vez la misma estrofa“cinco mil azotes el Señor recibió por nuestra culpa”. Las acompañaba una cinta tétrica de voces agudas con acento Nahuatl. La luz de las velas temblaba. Entre sombras móviles, se revelaba la miseria. Dirigieron su rostro hacia nosotros, los intrusos. Nos miraron con recelo, con vergüenza. Estaba claro que no éramos bienvenidos. Tuve que clavar mi espíritu en la tuerta. Su único ojo me observó con tanta ira que se me retorcieron las entrañas y tuve que salir del templo.

Corrí sin detenerme a las afueras del pueblo con el ojo torturando mi calma. En mi mente apareció una iglesia antigua en ruinas. Era un cementerio rústico con cruces de madera. Las tumbas se movían, palpitaban al ritmo de mi propio corazón. Escuchaba el sonido de la tierra filtrándose al inframundo. Olía a muerto. Alguien quería jugar con mi pelo. El sonido de la camioneta me despertó del fatídico ensueño. “Vamos a nadar. Me muero de calor.” Nos refrescamos y por un momento lo olvidamos todo: las señoras como sacerdotisas de una religión prohibida, el humo, la oscuridad, el ojo. El día retomó la normalidad. El sol me picó la piel, las nubes se movieron lentamente y nos empapamos de frescura. Tiempo de volver.

Pasamos nuevamente por Tula del Río, pero esta vez una banda obstaculizó nuestro camino. Las señoras de la iglesia levantaban el polvo con sus pasos de baile. Todas traían una botella de cerveza y el mezcal pasaba de mano en mano. En un torbellino de tierra, las beatas subían paulatinamente los peldaños de la intoxicación hasta alcanzar la locura.Las señoras bailaban solas  o con una pareja del mismo sexo. Se turnaban para simular el ente masculino. Reían. Seducían. Hipnotizadas, presas de una alegría morbosa, miraban sin mirar con las pupilas perdidas. Le daban un trago grande a la cerveza. Explotaba en su boca. Escupían espuma. Manchaban su delantal. Convertían el piso en lodo. Seguían bailando. Que la banda no parara era su deseo. “Denle otro cartón a los músicos para que sigan tocando” gritó la anfitriona, la esposa del comisario.

Bajamos de la camioneta como por instinto. Esta vez nos miraron con gusto. Se acercaron con una euforia incomprensible. Pusieron una cerveza en mi mano, la boca de la botella en mi cara, me bañaron con mezcal y me incitaron a bailar con ellas. No tuve opción. En ese momento odié todos los colores en mí. La blancura pulcra de mi vestimenta, el rojo perfectamente colocado en mis uñas y mis malditos ojos verdes. Sentí la aspereza de sus manos, trate de seguir su ritmo, me refugié en el consuelo de sus pechos. Estaban ansiosas de compartirme entre tamborazos.

Nos invitaron a pasar a la mesa. Negarse es inconcebible cuando los que no tienen nada te ofrecen todo. El humo del fogón acogía una “última cena” de señoras indígenas ahogadas en alcohol. Mientras sorbía un caldo aguado con una minúscula pieza de pollo escuché sus historias confundidas. Una integrante se levantó, aventó su plato de comida, emitió un grito desgarrador, vomitó un líquido anaranjado, se acostó sobre sus brazos en la mesa e inició un viaje inconsciente hacia un pasado más feliz. Todas rieron y gritaron “Ya se emborrachó”. La madre explicó en su español poco comprensible que el marido de su hija había muerto y lloraba. Por eso, la madre lloraba también. Todos llorábamos.  “Cállate, comadre”, le gritó Victoria y se paró de la mesa. Antes del segundo paso se desplomó y la sobrina la tuvo que ayudar a pararse. Todas rieron y gritaron “Ya se emborrachó también”.

Las señoras devoraban su plato. La comida se les escapaba de la boca cuando le daban otro trago al mezcal. “Tomen, muchachos, ¿si no cómo se van a pasar los tamales?” Comimos, tomamos, observamos anonadados. Traté de entender en dónde estaba, por qué llegue ahí y, exactamente, qué estaba pasando. Nada hacía sentido más que los sonidos guturales de la glotonería, los cuetes explotando en el cielo y la banda tocando una melodía monótona una y otra vez.  Todo se hacía sin parar.

Después me encontré bailando de nuevo, esta vez con la esposa del comisario. “Aquí va a venir usted el tres de mayo para la fiesta de la Santa Cruz.” Parecía más bien una orden que una invitación. “Usted no sabe bailar, tiene que tomar más mezcal.” Parecía más bien una atención que una recriminación. Para cuando el sol dejó de calentar, había cinco señoras tiradas en el suelo víctimas del exceso. Tenía que esquivarlas para seguir bailando. Brinqué sus cuerpos cansados, su delantal chorreado y los zapatos fuera de sus pies. Parecían esculturas pesadas colocadas cuidadosamente para embellecer un paisaje grotesco.

Me obligaron a partir. Me costó trabajo desprenderme. Estaba llena de todo y un vacío se manifestaba en forma de escalofrío. El problema no era el poco entendimiento, sino la bofetada de realidad.

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Así fue Zimbabwe (porque esto es África)

Necia nací y necia sigo siendo. Necia y curiosa como un gato.  Tengo suerte de que esta característica aún no me haya matado. Ya sabía que  Zimbabwe tenía problemas políticos y que la economía estaba destrozada, pero aún así quise ir. Por un lado consideré las advertencias exageradas y por el otro quería verlo con mis propios ojos.  En realidad,  más que nada me atrajo ¿el morbo? de visitar un país en circunstancias tan drásticas como sólo lo había leído en libros. Ni el dictador que lleva 26 años en el poder, ni la inflación de más de 1000%, ni los rumores amarillistas de los desastres sociales me quitaron las ganas de pasear por la sabana de Zimbabwe. Quería entrar en el trance que produce la fuerza de una inmensa caída de agua y caminar entre arco iris. Quería ir a reservas, parques nacionales y uno que otro museo citadino. Quería sentarme en un café que diera a la calle para mirar a la gente pasar y empaparme de un poco de cotidianidad. Quería perderme entre las siete distintas tonalidades de verde y la intensidad que sólo tienen los atardeceres anaranjados de África.

Llegué la mañana del 30 de diciembre con mis padres a la frontera de Zimbabwe y Mozambique. En migración nos impidieron la entrada porque no traíamos visa. En nuestra previa investigación nos aseguraron que se podía obtener en el borde, pero los oficiales no estaban dispuestos y querían obtener un poco más de dinero. El precio justo de la visa era treinta dólares por persona, pero nosotros nos vimos obligados a pagar ciento cincuenta porque nos estaban haciendo “el favor” de dárnosla en la frontera. En esos cuatrocientos cincuenta dólares  se nos fue todo el dinero en efectivo. En este mundo globalizado eso nunca es un problema porque con una tarjeta y una clave puedes obtener dinero de una maquinita casi en cualquier lugar del planeta. De hoy en adelante voy a poner más atención en las frases que involucran un “casi”.

Una familia nos llevó desde la frontera a Mutare, la segunda ciudad más grande de Zimbabwe. Me llamó mucho la atención el cargamento de arroz, pasta y huevos. Después nos explicaron que cada semana cruzaban la frontera y compraban en Mozambique algunos víveres que en Zimbabwe era imposible conseguir y si se encontraban, estaban a precios exorbitantes. Pregunté por la situación política y no me dijeron mucho. No les gusta hablar del tema, pero noté que de sus ojos se escapaba una especie de irremediable angustia y resignación. Era un día nublado y Mutare estaba callada. La gente en la calle tenía un rostro inexpresivo y me pareció una ciudad sin sabor. Llegamos a una casa de huéspedes con un  jardín divino y una construcción antigua. Mientras mi padre arreglaba los aspectos técnicos del registro, yo me impresioné del anuncio en el corcho. Era una carta de disculpas de la dueña por los problemas en la comida del hotel. En pocas palabras decía que debido a la precaria situación de Zimbabwe, no siempre se iba a poder servir una comida decente a la hora de la cena, que el país pasaba por una escasez terrible y que la semana pasada cuando ordenaron carne sólo recibieron hígados de pollo.

Después de instalarnos, nos dirigimos al centro en busca de un cajero para sacar dinero y empezar a hacer lo que hacen los turistas. Aunque era domingo, todos los bancos estaban abiertos y ningún cajero estaba funcionando. Cuando pregunté por qué, me dijeron que habíamos llegado justo el día en que Mugabe había decidido cambiar de billetes. Eso significa que toda la gente estaba haciendo fila en el banco para cambiar los billetes viejos por los nuevos. Los dólares Zimbabwences tienen fecha de caducidad. En el papel viejo decía: “este billete es válido hasta el 29 de diciembre de 2007”.  Lo terrible es que esta práctica es muy común. Cada determinado tiempo se imprimen nuevos billetes que invalidan a los otros. Un ejecutivo bancario nos aseguró que al día siguiente los cajeros iban a funcionar a la normalidad y que, mientras, podíamos utilizar los establecimientos en donde se pudiera pagar con tarjeta firmando un voucher. En una pantalla del fondo  del banco estaba el tipo de cambio en números rojos y tomé nota para realizar las conversiones necesarias a la hora de gastar dinero. Para confirmar,  pregunté al empleado si ése era el tipo de cambio del día y afirmó con la cabeza.

Eran las tres de la tarde, no había desayunado y mi cuerpo empezó a sentir los pesares del hambre. Uno de los pocos establecimientos en donde se podía pagar con tarjeta era el restaurante del Holiday Inn.  Comimos con singular alegría tres hamburguesas que, por cierto, estaban muy buenas. Mientras comía leí un poco sobre la historia política de Zimbabwe y sólo pude sentir lástima por el país. ¿Cómo es posible que en 2007 siga existiendo este tipo de desgracias? Un mínimo de principios morales, un curso básico de macroeconomía y un poco menos de megalomanía, harían recapacitar a Mugabe antes de que Zimbabwe muera después de tanto sangrar.

Después de comer y firmar la cuenta caminamos un poco por la ciudad y regresamos a la casa porque no teníamos efectivo y los cajeros funcionarían hasta el día siguiente. Mientras estábamos sentados en el jardín tomando té, llegó una de esas personas oportunas que parecen venir del cielo. Otra huésped alemana, casada con un ciudadano de Zimbabwe, nos abrió los ojos de una vez por todas. Sí, hay un tipo de cambio oficial, pero el que aplican los negocios y los bancos a la hora de cobrar es diferente. El tipo de cambio que utilizan para divisas extranjeras es 100 veces mayor que el que estaba en la pantalla del banco. Haciendo cuentas mentales tragué saliva y dejé de respirar, ¡la comida nos había costado veintiséis mil pesos! La alemana terminó su explicación advirtiéndonos que ni por error sacáramos dinero del cajero, ni utilizáramos la tarjeta para pagar, pero ya era demasiado tarde.  Estábamos digiriendo las hamburguesas más caras del mundo.

A mi papá no le dio un infarto por que tuvo que consolar a mi mamá que estaba llorando. La alemana sugirió que algún familiar nos enviara dólares por Western Union para tener efectivo, ya que cualquier otra forma de conseguir dinero era incosteable. Lo malo es que también mencionó que esa solución era peligrosa porque Mugabe decidía cuantos dólares se podían dar diariamente y tenía la facultad de retener el dinero en la institución el tiempo que él quisiera.

Haciendo un análisis frío y simple de la situación: estábamos atrapados en Zimbabwe sin dinero. No teníamos efectivo para comer o para pagar el alojamiento, ni siquiera para salir huyendo desesperadamente de ese país. Un cigarro tras otro, un minuto, una hora, dos. Nos dormimos sin encontrar una solución viable, con el demonio de la angustia que nunca te deja descansar y con un poco de hambre. A la mañana siguiente me di cuenta que sólo una cosa nos salvaría aunque no fuera tan coherente. Mi familia se convertiría en comerciante, seríamos vendedores ambulantes. Ropa, zapatos, celulares, cámaras, cepillos de pelo. Teníamos que vender cualquier cosa de nuestro equipaje para obtener dinero en efectivo y salir lo más pronto posible de Zimbabwe.

En efecto, era la única solución. Tomé mi cámara digital y empecé a ofrecerla a quien pasara por la calle principal. Primero moderadamente y luego estaba gritando con más enjundia que las marchantas en un mercado sobre ruedas. Pero el problema no era que mi cámara no fuera buena, sino que la gente no tiene dinero y vive en una situación miserable. El “supermercado”, para mi sorpresa, resultó ser el establecimiento más sórdido que he conocido. No hay comida, sólo largos pasillos blancos con estantes vacíos. Yo estaba pasando por una desventura  en un viaje de placer, pero no podía dejar de preocuparme por los ciudadanos zimbabwences. Esta situación tan indignante es el pan de todos los días, es lo normal, es su forma de vida.

Al ver que en la calle no íbamos a vender nada, nos dirigimos a las tiendas a ofrecer nuestra mercancía. Nadie nos compraba nuestras pertenencias. Ya iban a dar las cinco de la tarde, el hueco en el estómago por no comer se acrecentaba y la angustia se convirtió en miedo al darnos cuenta que no estábamos resolviendo nada. Mi mamá ya estaba haciendo cálculos y, tal vez, con un mes de pedir limosna podríamos juntar dinero para salir de Zimbabwe. Eso de ser vendedores ambulantes no estaba funcionando. Entramos como última opción a un negocio donde se revelaban fotos antes sentarnos en la banqueta y romper en llanto.

El Jefe se interesó por la cámara digital, pero no tenía efectivo para pagar. Esto nos orilló a retroceder un paso más en la evolución de la economía: el trueque. Intercambiamos una cámara para que el Jefe pagara nuestra cuenta en la casa de huéspedes, nos diera alojamiento en su casa para pasar la noche, en la madrugada nos llevara a Harare y nos pagara el camión para llegar a Lusaka, Zambia. No había tiempo o necesidad de pensar si el negocio era rentable porque simplemente era la única opción. O lo tomábamos y nos poníamos ciegamente en las manos de un desconocido o empezábamos a practicar cómo causar más lástima a la hora de ser mendigos.

Después de recoger las maletas, el Jefe nos llevó a su casa en las afueras de la ciudad. Llegamos a una mansión con muebles finísimos y tres coches de lujo estacionados en el patio frontal. Después de un poco de plática y otro de observación  me di cuenta que el dinero de este hombre no provenía sólo del negocio de revelado, sino que era el rey del mercado negro. En este régimen, aunque la mayoría vive en la miseria, no todos están sufriendo. Muy pocos, pero suficientes para escandalizarse, se benefician de la situación. Por un lado, las personas cercanas al dictador y por el otro, los especuladores, el comercio informal, los mafiosos. En un mundo donde no hay comida, gasolina o productos básicos, el que sabe cuándo y dónde comprar, cómo y qué vender es el que gana. El Jefe se aprovecha de la situación para hacer negocios y es archimillonario. Un país de contrastes como muchos, pero esta vez me enojó aún más y me pareció insoportablemente injusto.

Vimos caer la tarde en una terraza, tomando café con una familia mafiosa que manejaba una gran parte del mercado negro de Mutare. Fue una conversación interesante, pero lo mejor de todo: ¡nos dieron de comer! Era el último día del año y al parecer, en Zimbabwe, no se celebra con la gran fiesta que estábamos esperando. Acomodados en el piso de un cuarto en la parte trasera de la mansión, estábamos tan cansados que ni siquiera tuvimos las fuerzas para esperar que dieran las doce. Al día siguiente nos despertaron a las cuatro de la mañana, nos metieron en una camioneta junto con nuestras maletas y nos llevaron a Harare. Ahí tomamos un camión a Lusaka que el Jefe pagó como lo acordamos en el trato. Sentada entre bultos, huevos, cabras, gallinas, olor a comida y lloriqueos de bebés, miré por la ventana y vi a Harare alejarse cada vez más.

Suspiré. Sonreí.

Al final de cuentas sí pude pasear por la sabana, pero no fui a las cataratas, no estuve cerca de los parques nacionales y nunca tuve dinero para entrar al museo. De la cotidianidad no sólo me empapé, sino que casi me ahogó. Obtuve una probadita del infierno que la mayoría de la población vive a diario. En el recuento de los daños, dos días en Zimbabwe sólo costaron veintiseis mil pesos, una cámara digital, una dosis muy alta de estrés y un poco de hambre. Eso sí, vi morir el año entre las montañas con uno de esos atardeceres mágicos. Ese atardecer se impregnó en mi alma y aún despierto envuelta en anaranjado.

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Así fue Durban (porque esto es África)

Algún día de octubre del 2007

Estoy triste de regresar a la normalidad. ¿Por qué siempre me cuesta tanto trabajo? Voy llegando de Durban, la playa más cercana a Pretoria. Era una parte de la ruta de las especias, por lo tanto hay muchos inmigrantes hindús y árabes. Comí delicioso.  Hay un mercado que puedes oler cuatro cuadras atrás donde venden todo tipo de especias, raíces y plantas que en mi  vida había visto. Es un lugar muy interesante, pero hay algo muy oscuro.

La ciudad es un desastre. Por no decir que es absolutamente horrible y poco acogedora. Hay edificios en ruinas por todos lados. La metrópoli se está cayendo. Todo está  sin pintar, gris y demacrado. La arquitectura está salpicada de India con colores pastel percudidos que le dan un aire grotesco. La gente tiene una expresión de tristeza y simplemente están mal. Todas las personas que conocí (tal vez fue suerte y no debo generalizar) están mal, mal, muy mal. En realidad, yo no soy nadie para juzgar. Sólo opino desde mi universo. Sin embargo,  la enferma de sida maniaco depresiva que se va a morir muy pronto, el pescador que sólo habla de la gratitud de Jesús como un merolico, el surfer superado que dejó la heroína, el gay sin pantalones enfermo de amores, el inmigrante de Bombay que llora de nostalgia, la que escapó de su marido golpeador en el Congo, el Israelí con el mal de la guerra y demás personajes bizarros me dejaron con un sabor de boca un poco amargo. No conocí a nadie que me hiciera sonreír o que me contagiara con una pizca de humor sano.

Fue muy  diferente a cualquier otro viaje que he hecho en mi vida, una playa distinta, un ambiente tropical opresor y oscuro. Hoy me pregunto qué hacía a las cuatro de la mañana en un ático sobre un antro ilegal. Recuerdo que subí por unas escaleras estrechas detrás de los baños. En la habitación sólo había algunas lámparas rojas, olor a marihuana, humedad, sillones de terciopelo manchado, una barra activa que servía muchas bebidas, una estatua griega de mármol blanco con los ojos muertos y un piano antiguo en la  esquina. La música electrónica me empezó a marear y los sillones estaban ocupados por parejas o tríos desinhibidos.  Entonces fui a pedir un vaso de agua y me senté en un rincón a que me llevara el vacio. En esas situaciones no hay otro remedio que dejarse llevar. Mi amiga seguía bailando.

Eran las cinco, la música se apagó, el barman anunció el final, salieron algunas personas y nos quedamos alrededor de veinte locos en el ático maldito. Alguien hizo sonar el viejo piano. Tocó ‘Para Elisa’ con toda el alma. ¿A quién se le ocurre esa pieza en ese preciso momento? Siguió con ‘Claroscuro de Luna’. Fue entonces cuando todos se callaron, lo escucharon, lo sintieron y para el quinto acorde, empezaron a llorar. Un llanto colectivo combinado con intoxicación, pero engendrado en lo más profundo de las propias tragedias. Lloré con ellos, tenía que acompañarlos.  Era mi obligación como testigo no invitado (o parte) de la decadencia.

Después fuimos rumbo a la playa con tres Durbanianos. Mi amiga palideó en el coche y se durmió. Llegamos junto al mar un poco antes del amanecer y corrí por la arena celebrando enérgicamente no estoy segura qué. Me topé con cuatro mujeres africanas, brujas (witch-doctors les dicen) vestidas con faldas amponas, collares de caracoles y turbantes coloridos. Estaban rezando en voz alta, cantando y haciendo una ofrenda a los ancestros. Su religión está basada en los muertos. Mi estado no me permitía entender con claridad. Nada tenía sentido en ese instante. Es cuando te convences que todo es absurdo y te prometes no volver a buscar ningún tipo de racionalidad en tu vida cotidiana. Me pareció muy extraño ver a cuatro mujeres haciendo un ritual africano en una playa vacía. Me acerqué a ellas, me unieron al círculo, siguieron rezando…no sabría explicar más. Cuando terminaron dijeron que entre las tres de la mañana y el amanecer es el tiempo para comunicarse con los ancestros porque es cuando están más cerca, el agua salada sólo es el medio. Lancé un mensaje secreto a mis propios muertos.

Vi el amanecer. El sol salió del mar. Pensé en ti. No es nada nuevo. Siempre pienso en ti.

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