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10 preguntas que NUNCA le debes hacer a un escritor

  1. ¿Me regalas una copia de tu libro?
  2. ¿Conoces a (inserte aquí el nombre de un escritor famoso)?
  3. ¿Cuál de tus personajes eres tú?
  4. ¿De verdad obtienes dinero de tus libros?
  5. ¿Quieres que te cuente mi historia para que la incluyas en tu próxima novela?
  6. ¿Por qué te tardaste tanto en escribir tu último libro?
  7. ¿Por qué crees que tu libro no se ha vendido?
  8. ¿En serio eres escritor?
  9. ¿Por qué no he escuchado hablar de ti?
  10. Exactamente, ¿qué haces todo el día?

 

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Encantos, peligros y promesas

Algún día de noviembre  de 2011

Pasé siete días entre libros, oraciones, palabras, trazos, líneas y puntos finales. Más tarde aparecía la noche con una plática, un acorde, un hubiera, un tequila y otro más. El último día, mientras las vibraciones de Rebolledo empezaban a apoderarse  de mí, bajé lentamente del ensueño bizarro en donde me encontraba. Desde el asfalto se levantaba una estructura blanca, gigantesca, hambrienta que por una semana acogió a la FIL. Volví a sentir mi cuerpo. El dolor de piernas y espalda lanzaba punzadas con cada movimiento. Mi piel acartonada estaba sedienta de calma.  Mucho  rímel y cafeína fueron necesarios para abrir los ojos cada mañana. Así olía la FIL: a puro chocolate.

Hace mucho tiempo terminé una pequeña novela que salió publicada la semana anterior. Mi editor insistió en que fuera a la FIL a promoverla. Yo, una autora nueva que parece más bien un manojo inocente de felicidad, acepté ir con un hueco en el estómago. No es lo mismo ir a la feria a gastar todo el dinero en libros que ir a vender mi novela. No es lo mismo escuchar a los consagrados en una presentación que hablar acerca de mí a quien lo pida. No es lo mismo acosar escritores después de las presentaciones  para arrancarles alguna palabra distraída que asistir a esas fiestas donde todos me recuerdan que no soy nada.  Sin embargo, fui.

La FIL eran pasillos fríos repletos de libros, salas cuidadosamente acomodadas, cafés perdidos en las esquinas, ecos de discursos, ganas de leer. Era un bunker de la realidad, en donde por unas cuantas horas la inseguridad, el narcotráfico, la pobreza y el desempleo se quedaban afuera. Las personas buscaban libros por diferentes razones, pero todas buscaban libros. También estaban los vendedores, los editores, los escritores, los periodistas y los agentes en constante movimiento, como hormigas rojas ardidas. Todo giraba en torno a crear, producir, distribuir, adquirir y compartir mensajes encapsulados. La FIL era un ente dinámico unido por un pegamento intersubjetivo. Era una bola gigantesca y ansiosa que a su paso coleccionaba nuevas cosas, personas, sentimientos, libros, ideas. Se hacía más grande y fuerte cada vez, casi invencible.

Yo, como parte minúscula de esa pelota gigantesca, llegué salpicada de emoción. También me asusté. No me resultó fácil compartir mi librito con extraños. Me cansé de tratar de convencer que yo no soy ningún personaje y al mismo tiempo soy todos. Me daban ataques de risa en los momentos más inapropiados. Cuando me pedían que firmara un ejemplar les escribía casi una carta. Confieso haber perseguido desesperadamente a los que compraron mi libro sólo para preguntarles por qué. Lo bueno es que de esos comportamientos extraños de escritora inexperta, lo único que recibí fueron gestos sorprendidos, amables y comprensivos. Nadie devolvió mi libro con una petición de encerrarme en un manicomio.

Luego fui a algunas presentaciones y adquirí algunos libros. Confirmé que hay un largo camino que tengo que recorrer, que mi texto es uno de millones, que todos tratan de sobresalir y que para jugar a esto de escribir hay que resistir y aguantarse las ganas de vomitar. Disfruté imaginar la manera en la que los demás empezaron: ¿se sentían igual de contentos que yo o desde el principio los envolvió la soberbia intelectual tan común en el medio? Sin embargo, la sonrisa inteligente de Andrés Neuman y los sabios consejos de Saša Stanišić me devolvieron la tranquilidad.

En este preciso instante me encuentro en una de las tantas casas que habito de vez en cuando y no son mías. Dejé atrás la FIL,  sus encantos, sus peligros y sus promesas. Siento la opresión de la gran ciudad y recuerdo la bola. Soy parte de ella y sigo rodando. Hoy sé que quiero escribir sin importar para quién. No puedo concebirlo como un mercado cuyo objetivo sea satisfacer al cliente. Quiero escribir para mí. Solamente para llenar el insoportable vacío que produce sentir tanto, mirar el mundo con otros ojos y palpar el alma de las personas, muchas veces, de manera involuntaria.  Quiero escribir hasta morir, con pasión y sin límites.

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Hace tres años clavé el punto final.

Tenía diecisiete años, un fatídico mal de amores y una necesidad inusual de escribir una historia larga. Es verdad, siempre he escrito, pero empezar una novela era cosa seria. Aún recuerdo estar sentada con mi hermano-tío en la mesa del desayunador de la casa de San Jerónimo. En ese entonces, todavía podía hablar de un hogar y no había iniciado esta vida de gitana errante que me tiene un poco hastiada. “Voy a escribir una novela” le dije entre lágrimas esperando por lo menos una burla. Mi sorpresa fue que me tomó en serio e incluso se divirtió con la idea. Terminamos el café mientras le contaba quienes iban a ser los personajes y la trama tentativa. Creo que esa persona, tan cercana a mí pero muy diferente, nunca me ha escuchado con tanta atención. Hoy esa mañana me arranca una sonrisa.

 Mis papás me regalaron una grabadora como la de los reporteros, un cuaderno de notas y yo ya tenía una computadora portátil. Sólo era cuestión de empezar a manchar de negro el blanco del silencio. Antes de empezar, ya tenía en la mente el título. Mi novela se llamaría Luna Eterna. El personaje principal sería una mujer nacida en los años sesenta muy valiente y muy hermosa. Mi heroína obviamente se enamoraría de un hombre con ojos verdes y la familia impediría el florecimiento de ese amor. Todo esto inmerso en un ambiente de lucha social y conflicto político. Un amor puro y apasionado en medio de la guerra sucia.

Me sentaba a escribir en mi cuarto azul con vista a un colorín travieso admirado por una higuera. A lo lejos me observaban las vías por donde algún día pasó el tren y más atrás, los volcanes. Con mucho trabajo, durante unas cuantas semanas traté de escribir una novela. Las palabras no fluían con la facilidad esperada y cada párrafo lo retocaba mil veces buscando una absurda perfección. Logré plasmar ideas débiles en unas cuantas páginas. Luego cambié de técnica. Me resultaba mejor grabar la supuesta historia para después transcribirla y afinarla. Varias noches con la luz apagada, acomodada en mi cama,  la cara metida en las cobijas para que nadie me escuchara y mi gato ronroneando a mi lado, narré con una voz insegura las aventuras de Mariana. Se convirtió en una costumbre. Una buena costumbre que no duró ni siquiera  seis meses. Sin darme cuenta me olvidé.

Olvidé a Luna Eterna por cinco años. ¿Cuánto puede cambiar una persona en ese lapso? Lo que yo creo es que se me abrieron los sentidos, aumentó mi entendimiento, aprendí a leer a las personas y forjé opiniones más críticas. Viajé, leí, conocí, probé, escuché, me enamoré y me rompieron el corazón (otra vez, pero más feo). En pocas palabras viví. Me quedé un poco más loca, pero también más feliz. Aunque eso a lo que yo llamo felicidad vino después de una crisis en donde sentí que me perdía en algo muy sórdido y muy gris. Un mal de amores siempre es amargo, pero cuando es producto de un amor oscuro, es peor. El fondo es más ruin. Entonces la necesidad de escribir una historia larga resurgió, pero elevada a la enésima potencia y cargada de una fuerza desconocida.

Retomé lo que en otros tiempos empecé. Obviamente lo que había escrito me pareció patético, tonto y aburrido. Decidí quitarle el protagonismo a mi heroína revolucionaria y hacerla parte de otra existencia imaginaria. En un par de meses terminé de contar la vida de Mariana y de otros tantos personajes con una facilidad que aún me sorprende. Escribía en todo momento: en clases, mientras comía, en las fiestas, antes de que empezara la película en el cine, en el parque, en el baño, en las conferencias, en los bares (soportando miradas extrañas) y en la misa de una boda. Me dejé de preocupar por la perfección y aproveché el ímpetu de luna creciente para escribir todo lo que tenía que contar.

Así, en muy poco tiempo, terminé una pequeña novela que titulé Luna Eterna. El nombre original, pero una historia muy diferente. Ya pasaron tres años desde que clavé el punto final. La verdad (tal vez esto no lo deba decir), mi librito no es una joya literaria o un análisis filosófico muy inteligente del comportamiento humano … y felino. Sin embargo, todo salió de mí. Todavía no entiendo de dónde saqué tantas locuras, pero ahí están mis palabras: violando el silencio.

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