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Ridículo

Cuando estamos él y yo solos por muchos días nos ponemos a jugar. Hubo una temporada en la que jugábamos ajedrez, después backgammon y ahora, lo nuestro, lo nuestro es el dominó (no es aburrido aunque sólo seamos dos). Vamos recorriendo este país con un misterioso maletín negro y, cuando tenemos tiempo libre, hacemos de cualquier lugar una cantina. La otra noche estábamos en Epos Bar apostando algo más valioso que la vida en una partida. Tienen que visualizar este lugar como un conjunto de mesas y sillas de plástico sobre una calle terrosa, unas bocinas escupiendo Azonto a todo volumen y gente consumiendo grandes cantidades de cerveza barata. Después de las once de la noche se tienen que parar a bailar. Algo se posesiona de sus cuerpos  y los obliga a moverse como si mañana se acabara el mundo. Estando a la mitad de la calle, pasan motocicletas, vendedores de comida y mendigos. A primera vista todo parece un desorden total, pero a medida que pasa el tiempo te das cuenta que hay una especie de armonía. Simplemente no estás acostumbrado.
Se acercó un niño que vendía chicles. Miró fijamente las fichas. Preguntó con timidez qué estábamos haciendo. Dominó, dijo mi contrincante y empezó a explicarle cómo se jugaba. Llegó alguien más que parecía ser su hermano. Después otro y otra hasta que nuestra mesa estaba rodeada de nueve pequeños mendigos. Me costó trabajo que me hablaran. No confían tan fácil. Tuve que sacarles dulcemente las palabras de la nariz. Son de Niger, me contaron. Llegaron a Accra hace 7 años con familiares y vecinos. Viven en una casa con otras ocho familias procedentes del mismo lugar. En las noches vienen a Epos con sus madres a vender dulces y pedir dinero. En Niger todo el tiempo tenían hambre, por eso les gusta más vivir en Ghana. No van a la escuela, pero han aprendido inglés y hasta saben bailar Azonto.
Niger se encuentra en el oeste de África, está cubierto por el desierto del Sahara y es uno de los países más pobres del mundo. Mientras escribo esto cientos de niños famélicos se están muriendo de hambre. Otro caso de inestabilidad política e inseguridad alimentaria crónica. Según estadísticas del PNUD (2011) es el segundo país con menor desarrollo humano. Por más precaria que les parezca la situación, estos niños tienen suerte de ser mendigos en Accra. Qué desesperación la de un padre al buscar comida como un loco y no encontrarla.
Al cabo de unos minutos, decidieron que el dominó era un juego muy aburrido. Se apropiaron de las fichas y comenzaron a construir torres de diferentes tamaños y formas. Cada vez que una estructura perdía la estabilidad y se caía, las carcajadas explotaban. Se tiraban al piso de la risa. Así de simple.
Nunca terminamos la partida de dominó, pero estaban contentos. No pedían nada. Mis prioridades cambiaron drásticamente en cuestión de segundos. Eso es lo que los niños deben hacer: jugar hasta que se cansen, hasta que les duela la panza de tanto reír. Para ellos las cosas son diferentes. Escaparon de la muerte y ahora deben trabajar noche tras noche para mantenerse aquí, en una ciudad febril, en una lucha constante por mejorar su calidad de vida aunque sea un poquito. Tratar de olvidar la palabra inanición.
El más grande sacó de su pantalón una bolsa de galletas medio trituradas. Lo primero que hizo fue ofrecernos. Ofrecer. Aquel niño ha conocido el hambre verdadera y aún así está dispuesto a compartir su comida con dos extraños que lo tienen todo y él lo sabe. ¿No es la vida ridícula?

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