Oaxaca is a very pretty city

ImageCuando iba en la primaria, las maestras me obligaron a hacer una ridícula presentación. Cada alumno se tenía que vestir con el traje típico de alguna región del mundo, tomarse de la mano y cantar. Yo representaba al estado de Oaxaca. Como siempre me sacaba muy buenas calificaciones (asco), tuve el honor de dar un pequeño discurso en inglés ante el público asistente. Recuerdo que lo ensayé una y otra vez. Mi madre lavaba los trastes de la comida. Escuchaba el agua y el choque de un vaso contra el otro. Era una tarde luminosa en mi casa de la infancia. Esa casa en el sur de la ciudad que en el jardín tenía un colorín. Practicaba mientras frotaba las semillas en el piso y me quemaba suavecito el dorso de la mano. Más de veinte años han pasado y aún recuerdo las palabras exactas y el delicioso ardor en mi piel. Oaxaca is a very pretty city. Some of its typical dishes are mole and quesillo. If you go there, don´t forget to visit Monte Alban, Mitla and Santo Domingo.

Ayer por la tarde llegué a la ciudad de Oaxaca. No precisamente a atender las recomendaciones tan divertidas de aquel discurso, sino a una reunión de trabajo. Nunca me ha gustado estar sin compañía en un cuarto de hotel. Como no soy de esas que ve la tele, de repente me encuentro acostada en la cama mirando el techo pensando en nada. La mente se me llena de agua cuando me encierro a solas en una habitación que no es la mía. Mejor voy por algo de comer.

 Me subí en un taxi y pedí que me llevara al centro. Caminé hasta el zócalo y ahí, sentada en las escaleras del kiosko, la vi. Por supuesto, la encontré fumando. Traía esos lentes grandes que utilizaba en los ochenta, una blusa bordada y sus espantosos huaraches de llanta. No puede ser, pensé, mi madre murió hace casi tres años. Mi primera reacción fue acercarme. Quería mallugar su brazo para ver si era real.  Era increíble lo que mis ojos captaban. Me senté en la banca de enfrente. Definitivamente era ella. Quería tirarme a sus brazos y sólo conseguí seguirla mirando. Ella apagó su cigarro y empezó a caminar. Yo la seguí sin atreverme a hablarle. ¿Qué le iba a decir?

Se veía más joven que el día de su muerte, pero no cabía duda que era ella. Caminaba con el mismo paso sincero. La seguí por las calles de colores, pisando las piedras y haciendo vibrar los barrotes de hierro en las ventanas. Mi corazón palpitaba. Estaba tan contenta de verla. No entendía nada, pero en ese momento tan dulce era lo que menos importaba. Llegamos al andador de Alcalá. La noche alcanzó los vestidos rojos de las indígenas que venden artesanías. Mi mamá les sonreía. Se probó un listón para el pelo y lo compró.

Justo al llegar a la iglesia de Santo Domingo, apresuré el paso y con una mano temblorosa le toqué el hombro izquierdo. Ahí donde siempre me dijo que habitaban sus ángeles. Mamá, le dije. Ella volteó confundida, como si nunca en la vida me hubiera visto. Soy yo, insistí. La verdad esperaba un fuerte abrazo de rencuentro. No cualquier día descubres que los muertos están vivos, pero habitan en otra ciudad.  Creí que nunca volvería a verte. Creí que estabas muerta. Yo misma vi su cuerpo inerte antes de que lo quemaran y convirtieran en ceniza. Yo estaba ahí cuando su corazón dejó de latir. Pude sentir como se puso fría y se endureció, poco a poco, al ritmo  de la desolación. ¿Qué significa un segundo justo después de morir?

La mujer se tardó mucho en responder. Yo no tengo hijos y ni siquiera te conozco. ¿Te sientes bien? ¿Quieres que te lleve al hospital? Mi mamá me estaba mintiendo. Claro que era ella. Incluso olía a tabaco y a yerbabuena. No entendía a qué estaba jugando. Tal vez estaba en problemas, había fingido su muerte  y ahora actuaba para protegerme. También estaba la posibilidad de algún tipo de amnesia. Sin embargo,  sus ojos color uva gritaban desconcierto.  La mujer no me reconocía.  Disculpe, señora, no quisiera importunarla, pero es que estoy segura que usted es mi madre. Me alegra que esté viva y me da mucho gusto encontrarla en la calle.

Yo estaba consciente de lo absurdo que sonaban mis palabras. Decía puras incoherencias. Ella, mi madre que aseguraba no serlo, no le habló a la policía ni se alejó corriendo. En vez, me invitó a tomar un mezcal. Mi mamá no tomaba, le dije. Que no soy tu madre, niña loca. ¿Vienes o no? No tenía opción. Fui.

Nos sentamos en una pequeña mesita con una vela en el centro, una frente a la otra. No podía creer que la tuviera tan cerca. Nos mirábamos. Podía escuchar su respiración. Era ella. Movía las manos de la misma manera. Pidió dos de la casa y los saboreamos con naranja. Has cambiado, pensé, hasta comes polvo de gusano. Pero tu voz se escucha igual de dulce. Nunca había notado todo lo que brillan tus ojos. Mamá, no quiero que esta noche acabe nunca.

Igual que siempre, jugaba con su pelo y se llevaba las manos a la boca cuando reía. Todo era tan natural que olvidé mi confusión. Me preguntó acerca de mi vida y le conté todo lo que había sucedido en estos años que habíamos estado separadas. Le dije que había vuelto a México y que cada vez estaba más enamorada de mi esposo. Tenías razón, mamá, es un buen hombre. Le conté que nos estábamos mudando a nuestra casa nueva y que me hacía falta en la instalación. Quisiera ser como tú, pero no puedo ni colgar un cuadro. Sí, mi papá está bien y le gusta recordar tu voz. Le expliqué también lo que hacía en el trabajo y como pensaba en ella con cada detalle absurdo. Le hice un resumen de la vida de todos los que me rodeaban. Supuse que querría saber de ellos. Hablé, hablé y hablé. Lo bueno es que con tanta emoción,  no olvidé mencionarle cuánto la había extrañado.

No sé cuánto tiempo pasó, pero me dijo que era tarde y se tenía que ir. Cuando pidió la cuenta me invadió la angustia. No la quería perder nuevamente. No podía dejar que se fuera. Le pedí su dirección, su teléfono. A mi papá también le gustaría verte, la traté de convencer.  La mujer seguía asegurando que no era mi madre. Perdón, pero no le doy esos datos a cualquier extraña. Me dio gusto conocerte, pero ya me tengo que ir. Pagó la cuenta y salió del bar. Sentí lágrimas desesperadas llegar con una velocidad sorprendente hasta mi cuello. Salí corriendo tras ella. Me tiré al piso y la agarré de la pierna. No me puedes dejar. No puedo soportarlo. Otra vez no, mamá, por favor.

Ella trató de liberarse de mi abrazo enfermizo. Yo no la podía dejar ir. No me importó comportarme como una loca. Me miró con ternura. Casi pude escuchar un “mi pequeña”. Puso su mano rasposa en mi cara. Esa que yo conocía tan bien. Me dijo que no debía aferrarme tanto a los cuerpos. No te dejes engañar, Ximena, sí se puede vivir del recuerdo.

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8 pensamientos en “Oaxaca is a very pretty city

  1. un texto rico en imágenes, y todo en el marco de una ciudad tan hermosa.

    me encantan tantas frases pero me voy a quedar con la siguiente:
    “No cualquier día descubres que los muertos están vivos, pero habitan en otra ciudad”.

  2. BigBossAZF dice:

    Me ha encantado tu cuento, no sólo por lo bien escrito, es que… extraño Oaxaca 😦

  3. Rafa Cazares dice:

    Al más puro estilo del maestro Pacheco. Gracias por tus letras.

  4. María Carolina dice:

    Vaya, me encantó. Gracias por tus letras. Y bueno, lloré al último. Saludos, Ximena.

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