Accra en las rocas

Ocho y media de la noche. Pude haberme quedado en casa mientras esperaba el vuelo con una película, comida china y un sueño corto. Alguien pasaría por mí a las cuatro de la mañana para llevarme al aeropuerto. Sin embargo, algo en la oscuridad siempre me llama. Tenía ganas de un último paseo por las calles tortuosas de Accra todavía salpicadas con arena del Sahara. Mis amigas me esperaban para cenar. Salí de mi casa con la fuerza de un aguacero y más completa que un círculo.

Recuerdo que platicamos acerca de la inmensidad del universo. Les conté que a veces me encontraba parada en medio de todo, sintiendo demasiado y sin saber qué hacer al respecto. Acordamos que nada en la vida valía lo suficiente para ser tomado en serio. Después de unas cuantas risas fuimos al lugar de la estrella negra por un par de mojitos matadores. De esos que en vez de ron tiene un licor de caña más parecido al aguarrás. Lo guardan en botellas polvosas de plástico atrás de la barra y le ponen mucha yerbabuena para mitigar el mal sabor. El truco funciona. Puedes tomar uno, dos, tres y cuando te das cuenta estás envuelta en bruma. Así pasaron las horas hasta que recordé mi avión.  No podía perder ese vuelo. Estaba impaciente. Me quería ir caminando. Yo vivo por ahí, dijo un extraño, si quieres te acompaño.

Entre la bulla de un bar lleno de conocidos, la voz de un extraño ofreció llevarme a casa. En Ghana, los blancos frecuentan los mismos lugares. Es difícil escapar. Lo miré y lo reconocí. Mi mente viajó dos fines de semana atrás a una fiesta junto a la playa. El reggae sonaba para hacernos sudar más.  Yo estaba metida en un diminuto vestido azul bailando sola. Entre la humedad apareció el extraño. Su camisa era de una tela idéntica a la mía. Alma gemela, le grité y no lo volví a ver.

Se hacía tarde en el lugar de la estrella negra. Era momento de partir. Nos encaminamos hacia mi casa por calles oscuras platicando del clima. Nos alcanzó una motocicleta con tres sujetos montados. Dos de ellos cargaban una pistola. Me arrancaron mi bolsa y me convertí en espectadora. El extraño comenzó a gritar y a moverse de un lado al otro. Los asaltantes se estaban poniendo nerviosos. Querían su cartera y no podían obtenerla. Lo van a matar, pensé. Todo esto sucedía a tres metros de distancia. Me acerqué rápidamente a donde estaban forcejeando y abracé al extraño con todas mis fuerzas. Lo miré a los ojos y con una voz suave le pedí que se calmara. Le mentí diciéndole que todo estaría bien, que no se preocupara.

Nos tiraron al piso y vi cómo mis zapatos salieron volando. Puse mi mano en su mejilla, lo acaricié y repetí que por favor mantuviera la calma. Le pusieron un arma en la cabeza y otra en la mía. El acero de una pistola es muy frío, cala hasta los huesos. Finalmente le sacaron la cartera del bolsillo y arrancaron el motor. Cuando creí que todo había terminado, escuché un disparo. Cerré los ojos con fuerza y me tomó unos segundos darme cuenta que, sólo por esta vez, la bala no llevaba mi nombre. Respiré.

Un chorro de líquido caliente empezó a resbalar por mi cara. Mis pestañas se llenaron de sangre y enrojecieron mi vista. Le habían dado un tiro en la cabeza. Una cascada escarlata brotaba de su frente. La bala solamente lo había rozado marcando un camino profundo de aproximadamente diez centímetros. Estaba vivo. Tenía que llevarlo con un doctor. La calle estaba desierta. Nos arrastramos un par de cuadras hasta la avenida principal. Lo tomé de la mano como si siempre. La hemorragia no cesaba. Tomamos un taxi al hospital más cercano. En el camino, le besé la cara como si nunca. Le prometí que todo iba a estar bien. Ni siquiera sabía su nombre.

En el hospital perdí el control. Por primera vez, me di cuenta de la gravedad del asunto. Me pude haber muerto y traía de la mano a un extraño con un hoyo en la cabeza. En urgencias alguien lo revisó. Es usted muy afortunado, dijo, con unas cuantas puntadas va a estar bien. El balazo retumbaba en mis entrañas. Una nota constante y aguda torturaba mi oído izquierdo. Después de limpiar la herida, el doctor salió de la sala para traer los instrumentos de sutura.

El extraño volteó a verme. Me estaba deshaciendo en una esquina: pálida, diminuta, descalza y bañada en su sangre. Estoy bien, murmuró, tranquila. Tu sangre se ve bien en mi cuerpo, respondí. Silencio incómodo. No sé de dónde salieron esas palabras torcidas. Estás loca, sentenció. Nos reímos. Lloré. Así de contradictoria es la histeria. Luego me apresuré a abrazarlo. Lo quería con todo mi corazón. Celebramos que no le habían robado su teléfono con unas fotos inapropiadas para una situación tan crítica. Nos burlábamos del diablo. Más bien, bailábamos con él. El doctor regresó y yo me tuve que ir. Seguía siendo un extraño, pero estábamos unidos. La muerte nos había besado.

Lo abandoné a las tres y media de la mañana en la sala sórdida de un hospital. ¿Cómo se llama? ¿Qué hace? ¿Cuántos años tiene? ¿Cuál es su historia? ¿Qué es lo primero que piensa cuando se despierta? No lo sé y no me importa.  Cuando en menos de un segundo puedes dejar de respirar, todo lo demás se vuelve irrelevante. Ahora sé que en lo único que creo es en la muerte. Tengo que vivir teniéndola presente, pero no en un sentido negativo. Mi estancia en este mundo es irrelevante. La verdadera trascendencia es entender la fragilidad de la existencia humana y, por lo tanto, apreciar más cada momento. Cuando crees que estás a salvo, para tu mundo entero y detente a escuchar a la muerte. Está detrás de ti, respirando junto a tu cuello, con la lengua de fuera chupando tu pelo, empañando tus ojos con  su aliento. Está acariciando tu trasero con un dedo largo y huesudo.

Salí de Ghana en una madrugada agria. La muerte metió su lengua hasta el fondo de mi garganta y me dejó unas ganas constantes de llorar. Todo el viaje me la pasé temblando y el olor a hierro de la sangre se quedó impregnado en mi piel. Tenía ganas de perderme en los ojos serenos de mi absoluto, dejarme abrazar por él y luego dormir.

A pesar de todo, no quisiera terminar esta historia con la palabra ficción. Estoy contenta de haberla vivido. Estoy contenta de vivir. Estoy contenta. Estoy. ESTOY.

Ayer recibí esta foto en mi correo. Me arrancó una sonrisa. Supongo que el extraño está bien.

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19 pensamientos en “Accra en las rocas

  1. Angie Vázquez dice:

    ¡Rayos! ¿Por qué yo no puedo escribir así?
    Me ha encantado leerte.
    Este será un buen martes.

  2. Rodolfo Naró dice:

    Buenísimo post, me quedaría con más de tres frases, máximas llenas de mínimos detalles. Saludos.

  3. Mayra Arellano dice:

    Nada más que haberlo vivido, para expresarlo así. Me gustó el relato y que la fragilidad de sus existencias sigue ahí.

  4. Adri Romero B. dice:

    No pude evitar sentirme identificada. Hace dos años un hombre fornido me robó, estaba en una floristería.
    Escuché como el revolver que apuntaba a mi madrina era preparado para disparar. Nos dejaron sin nuestras pertenencias, pero con las manos entrelazadas en un fuerte apretón lleno de esperanzas.

    Afortunadamente hoy te leo. Qué buen relato.

  5. GerardPB dice:

    Brillante narrativa. Bendita mala puntería del que disparó.

  6. Mayra R. dice:

    Quiero leerte mas! Por favor indicame Como.

  7. Martín Godinez dice:

    Se hizo nudo el corazón. Extraordinaria narración. Felicidades por todo.

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